Jaime Daremblum. 4 junio

Un ambiente de incertidumbre reinaba en la capital china desde el fallecimiento de Mao, el 9 de setiembre de 1976. Ya en 1978, las maniobras internas entre cuadros dirigentes del Partido Comunista Chino generaron el nombramiento del vice primer ministro Deng Xiaoping Supremo Líder, en reemplazo de Mao. El nuevo equipo se abocó a realizar enormes cambios en materia económica, incluidas la eliminación de la planificación central y la adopción de novedosos incentivos de mercado. Además, el equipo reformador impulsó relaciones con países no maoístas.

Esos días de junio se erigieron en una especie de paso al abismo conforme los consejeros dictaminaron. Un capítulo decisivo en la historia de la China contemporánea.

Con todo, las nuevas generaciones ambicionaban más, mucho más. Así, una inmensa manifestación en Pekín de más de 100.000 estudiantes y trabajadores demandaba el 4 de mayo de 1989 reformas políticas inéditas. Conforme la revuelta se expandía rápidamente, el 20 de ese mes se impuso la ley marcial. Tropas ingresaron al teatro de las operaciones en la plaza Tiananmén con tanques y transportes mecanizados el 3 y 4 de junio y aplastaron las manifestaciones. El saldo de bajas civiles se calculó en centenares de muertos y miles de heridos. Además, estudiantes y trabajadores fueron arrestados.

Durante esos aciagos días, en la primavera de 1989, China estaba bajo el control no de los usuales cinco mayores oficiales del politburó, sino de ocho veteranos cuyas carreras se iniciaron en épocas de las guerrillas. Debido a las escisiones en torno a una propuesta para adoptar una estrategia dura contra los estudiantes, Deng convocó a seis mayores que ya se encontraban en retiro para debatir esa amenaza contra China y el mundo. Según documentos del acontecimiento, había un consenso incipiente para “barrer” a los estudiantes. “Quien intente derrocar al Partido Comunista merece una muerte sin entierro”.

Deng advirtió que todo paso desacertado podría desencadenar una hecatombe nacional, subrayando la extensión de la sublevación que caldeaba a China en esos momentos. Esta advertencia fue formulada en tono profético y alarmista. En el debate, abundaron expresiones como “basura” para referirse a los manifestantes, a los cuales acusaron de ser “agentes” del capital extranjero.

En todo caso, la China comunista se desintegraba a pasos agigantados. Esos días de junio se erigieron en una especie de paso al abismo conforme los consejeros dictaminaron. Un capítulo decisivo en la historia de la China contemporánea.

Nota: la información contenida en este artículo proviene mayormente de los libros The Tiananmen Papers, de Zhang Liang, y The Legacy of Tiananmen, de James Miles.

El autor es politólogo.