Jaime Daremblum. 10 septiembre

Grandes expectativas había suscitado la noticia de una visita a Washington del núcleo rector de los talibanes para conversar sobre la paz con el gobierno de Afganistán.

Lamentablemente, desde el domingo, las señales de la administración eran mixtas. Por un lado, el presidente, Donald Trump, mantuvo una actitud optimista en tanto algunos voceros de su equipo mostraban reserva. Incluso su asesor principal en la materia, John Bolton, ofreció renunciar el lunes y ayer Trump se la aceptó a través de un tuit.

La idea inicial de Trump era una cumbre de paz en Camp David, escenario de los logros con Israel y la OLP de Arafat, así como otras negociaciones de alto voltaje con Rusia.

Los talibanes se obligarían a romper públicamente con Al Qaeda —el frente de Bin Laden— y comprometerse a no permitir ataques contra Estados Unidos desde Afganistán.

No obstante, de inmediato surgieron objeciones de los allegados a Trump y de diversos grupos aliados de Washington, principalmente, por coincidir con el fatal 11 de Setiembre, cuando se rinde homenaje a las víctimas de los atentados terroristas de Bin Laden en el 2001.

En todo caso, las opiniones adversas fueron parcialmente atenuadas subrayando la trascendencia de la cita con la jefatura del frente talibán. Desafortunadamente, días antes, se produjo un atentado de los talibanes, en el cual murieron afganos y un soldado estadounidense. El hecho desmintió las intenciones de concordia y tranquilidad de esta agrupación. Aunque el enviado de Trump, Zalmay Khalilzad, fue portador de una explicación de los talibanes sobre la línea de disidencia dentro del grupo, Trump decidió, entonces, el mismo domingo, cancelar la cita planeada: “Está cancelada, está muerta”.

Fue una lástima, atribuible exclusivamente a los extremistas talibanes porque Trump anticipaba repatriar 5.400 soldados del contingente estadounidense de 14.000 en un plazo de 130 días. Por su parte, los talibanes se obligarían a romper públicamente con Al Qaeda —el frente de Bin Laden— y comprometerse a no permitir ataques contra Estados Unidos desde Afganistán.

Los números planeados no despertaron confianza en Washington, que temía desmantelar parcialmente su presencia bélica en Afganistán sin una contraprestación equivalente de los talibanes.

En cualquier caso, fue un esfuerzo controversial del mandatario estadounidense, de cara a compromisos difíciles de comprobar por parte de Afganistán y de los resbaladizos talibanes.

El autor es politólogo.