Jaime Daremblum.   19 febrero

Conocí a Theodore McCarrick cuando él era monseñor en una parroquia en Washington D. C. Fue en los años de 1998 al 2005, cuando tuve el privilegio de ser el embajador de Costa Rica y formar parte del cuerpo diplomático en la capital estadounidense. Integrados en una formación de batalla, los embajadores de Centroamérica y algunos países del Caribe librábamos duros, y a veces ásperos, combates en favor de los incipientes acuerdos de libre comercio de la región con Estados Unidos.

El Vaticano al fin ha reconocido la expansión vergonzosa de ese malvado cáncer que ha carcomido las entrañas del clero en todo el mundo al expulsar del sacerdocio a la figura católica de más alto rango

No era solo en los pasillos del Congreso y el Senado donde promovíamos el TLC. Toda posibilidad de acercarnos a promotores sociales y una pluralidad de organizaciones y personalidades que captaban el interés de la sociedad norteamericana se convirtieron en derroteros de nuestro empuje pro libre comercio.

En esa batalla, abordamos al entonces monseñor católico Theodore E. McCarrick, quien había sido ampliamente reconocido por su contagioso entusiasmo en resolver problemas de los migrantes centroamericanos, sobre todo, salvadoreños. Era un hombre menudo, sonriente, cálido, abierto a la conversación y, por supuesto, al asunto que nos ocupaba. Sin duda, agradecimos su positiva acogida porque era importante para nosotros.

Pasaron los años y era inevitable constatar por la prensa y conversaciones con amigos el progreso eclesiástico de monseñor. En el sendero del tiempo, lo vimos ascender nada menos que a cardenal. Jamás habíamos escuchado notas discordantes concernientes a su ética y su persona.

Sin embargo, en el oscuro silencio de los recintos de los investigadores de la Iglesia se iban acumulando las denuncias y quejas graves contra él por sus persistentes episodios de pederastia. No tardó en explotar el escándalo. Su figura pública se destrozó en el caño oscuro de desvíos inaceptables en todo el mundo.

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El Vaticano al fin ha reconocido la expansión vergonzosa de ese malvado cáncer que ha carcomido las entrañas del clero en todo el mundo al expulsar del sacerdocio a la figura católica de más alto rango, quien en el 2002 recibió el premio Eleanor Roosevelt de derechos humanos y fue nombrado oficial de la Orden de los Cedros del Líbano.

Por ello, el gran cónclave para combatir la epidemia, convocado por el Vaticano esta semana en Roma, es un paso decisivo para reivindicar los valores auténticos que definen a la Iglesia. Esperamos que prospere.

El autor es politólogo.