Jaime Daremblum. 28 agosto

Desde mi adolescencia, he sido un apasionado de la ópera. Recuerdo que mi padre me trajo de Nueva York una grabación con diversos cantantes de la época, la cual escuchaba con tanta asiduidad que comenzó a provocar la impaciencia de mis mayores.

Tanto fregué a mi papá por nuevos discos que, poco tiempo después, regresó de un viaje con un par de grabaciones del afamado tenor estadounidense Jan Peerce. Una era la ópera Un baile de máscaras, de Verdi, en una presentación en la Ópera Metropolitana de Nueva York, y la otra, el servicio religioso judío de la festividad de Pésaj.

Tanto fregué a mi papá por nuevos discos que, poco tiempo después, regresó de un viaje con un par de grabaciones del afamado tenor estadounidense Jan Peerce.

Fue por ese entonces cuando hice amistad con Henry Grunhaus, contemporáneo que resultó ser gran conocedor del género de la ópera.

¡Qué sesiones más maravillosas pasamos en su casa y cuánto aprendí en ellas! Hasta la fecha, seguimos siendo amigos. Años más tarde, en la Facultad de Derecho de la Universidad de Costa Rica, Alonso J. Lara, uno de mis compañeros, era una autoridad en música clásica.

Incontables horas pasamos en su hogar departiendo sobre los grandes compositores y compartiendo diversas óperas. Lástima que hace pocos años lo perdimos. Que en paz descanse.

Cuando completé mis estudios de posgrado en Estados Unidos, fui contratado por el Fondo Monetario Internacional, empleo que me abrió grandes ventanas al mundo contemporáneo. Una de mis primeras asignaciones fue la crisis de Brasil. En numerosas oportunidades, viajé a Río de Janeiro, donde por entonces estaban el Banco Central y el Ministerio de Hacienda. Tuve el privilegio de intercambiar ideas con el genial economista y hombre de inmensa cultura Roberto Campos.

Durante una de esas giras, en los años sesenta, nuestra misión se hospedó en el hotel Copacabana Palace. Un día tuve que retornar temprano al hotel para recoger algunos papeles para la reunión siguiente. Vi en el lobby varios anuncios de un concierto esa noche del famoso tenor Jan Peerce. Y, para redondear la gratísima sorpresa, al abrirse la puerta del ascensor me encontré de cara con Jan Peerce. Me presenté y él, acompañado de su hijo, me abrazó cuando brevemente le relaté lo que él había significado en mi vida. Una coronación de mi pasión por la ópera.

El autor es politólogo.