Jaime Daremblum. Hace 5 días

El genial drama Fausto, de Goethe, convertido en exitosa ópera por el francés Charles Gounod, expone la triste coyuntura del hombre entrado en años que ansía recobrar la vitalidad y el atractivo de su juventud.

El avejentado filósofo llega al punto de la desesperación en su amor por una bella jovencita, Margarita. Es en esta tesitura que decide venderle el alma al diablo a cambio de su fantasiosa lozanía.

La historia de Fausto, sin embargo, es cotidiana en diversos planos de la existencia humana. Pienso en ciertos políticos quienes, para satisfacer sus gollerías, son capaces de comprometer su buen nombre por un puesto en el pródigo escalafón del poder.

Recuerdo a un respetable diputado que experimentó un cambio instantáneo de afiliación política para alcanzar la presidencia de la Asamblea Legislativa.

Hace pocos días, congresistas alemanes defraudaron la confianza de su madrina y jefa, la canciller, Ángela Merkel, quien se encontraba ausente en viaje oficial.

Algunos líderes y legisladores democratacristianos decidieron, por sí y ante sí, aliarse con un partido de extrema derecha para elegir un presidente regional.

Tal alianza es anatema en los cánones democratacristianos, pues mancha con horripilante tinta color café (color predilecto de Hitler) su pregonada pureza democrática.

La agrupación de Merkel ha sufrido el embate de su humanitario caudal a raíz de la numerosa migración de poblaciones de África y el Cercano Oriente, quienes recibieron asilo en Alemania tras desplazarse a nado o a pie de sus puntos de origen. A Merkel le ha costado superar el efecto de su actuación.

El capítulo que ahora se desarrolla se ha caracterizado por una lluvia de renuncias de diversos niveles que aún prosigue. La más sonada fue la de la heredera de Merkel, Annegret Kramp-Karrenbauer. Por supuesto, ya hay una larga lista de postulantes al puesto.

Sobra señalar que el diablo hizo de las suyas en su antiguo redil. No obstante, en la obra Fausto, el pueblo se subleva y el malévolo escapa para alertar al nuevamente paupérrimo y anciano filósofo.

Este acto de redención sirvió, en la opus magna de Goethe, para salvar a Fausto. En cuanto al diablo, dudo que salga exento del repudio, incluso hoy. Un tabú valedero para todos los tiempos.

El autor es politólogo.