Jaime Daremblum. 30 abril

María Butina es una joven rusa de 30 años, que residía en Estados Unidos para realizar estudios en la American University, en Washington D. C. Arribó a ese país con sobrada antelación a las elecciones presidenciales del 2016 y se abocó a penetrar organizaciones de corte conservador, especialmente, The National Rifle Association (NRA) o Asociación Nacional del Rifle.

(FILES) In this file photo taken on October 8, 2013, Maria Butina, leader of a pro-gun organization, speaks during a press conference in Moscow. - Russian national Maria Butina, who built a network of contacts via the US gun lobby, will be sentenced for acting as an illegal foreign agent on April 26, 2019. (Photo by STR / AFP)
(FILES) In this file photo taken on October 8, 2013, Maria Butina, leader of a pro-gun organization, speaks during a press conference in Moscow. - Russian national Maria Butina, who built a network of contacts via the US gun lobby, will be sentenced for acting as an illegal foreign agent on April 26, 2019. (Photo by STR / AFP)

Con la activa colaboración de un joven activista republicano, María no perdió tiempo en hacer amistades en las entidades que eran de su interés. Así, organizó una visita oficial a Moscú de una delegación de alto rango de la NRA, que fue recibida por Putin y otras personalidades.

Dado el éxito inicial de la empresa, la legionaria rusa emprendió nuevos frentes manteniéndose, eso sí, en contacto permanente con su superior en Moscú, quien le aconsejaba ir piano piano y con prudencia en todo momento.

Para ensanchar su frente de potenciales amigos del Kremlin, conquistó a Paul Erickson, un simpático ejecutivo de alguna entidad prorrepublicana. Con sus artes de gitana, lo envolvió en sus proyectos y, con su colaboración, profundizó en una cadena de organismos que suelen proliferar en épocas electorales. Por supuesto, los camaradas moscovitas estaban contentos, pero preocupados por la velocidad de su legionaria en Washington.

Su creciente visibilidad en Washington y en otras ciudades que visitaba el presidente, Donald Trump, aumentó la curiosidad de las autoridades. Ya, para entonces, había aterrizado con un par de amigos rusos en el National Prayer Breakfast (Desayuno de Oración Nacional). Asimismo, solía seguir los movimientos del mandatario dentro y fuera del D. C. (Wisconsin, por ejemplo) y aprovechaba las conferencias de prensa de Trump para dispararle preguntas.

Cuando las autoridades la llamaron a cuentas, su explicación fue que como estudiante y activista rusa estaba interesada en promover la amistad de su pueblo con el estadounidense. Había, no obstante, un pequeño detalle: ¿Por qué no se registró como periodista o diplomática rusa?

Sus explicaciones no convencieron a la Policía. Fue juzgada como espía y despachada a prisión en julio del 2018. Hace una semana, el juez le añadió nueve meses adicionales hasta el 2020, cuando será devuelta a Moscú. “Cuando María se vaya a la guerra, la seguiría por tierra o por mar...”, cantan sus admiradores.

El autor es politólogo.