Jaime Daremblum. 19 marzo

Los viernes son días de oración y paz en los hogares de Christchurch, ciudad de Nueva Zelanda orgullosa de sus dos mezquitas, centros espirituales de sus residentes, en su mayoría musulmanes.

El viernes último, en el ambiente de tranquilidad inspirado por la fe de sus pobladores, una cara desconocida se hizo presente en una de las mezquitas, portando un arma automática con la cual, de inmediato, empezó a disparar indiscriminadamente contra los fieles.

Tras las primeras ráfagas, corrió hacia la segunda mezquita, ubicada muy cerca, y procedió de nuevo al lúgubre rito de disparar contra los asistentes.

Cuando apresuradamente emergió de la segunda mezquita, fusil en mano, ya la Policía rodeaba el edificio y capturó al asesino.

Los trámites usuales determinaron que se trata de Brenton Harrison Tarrant, de 28 años, extremista de ultraderecha, oriundo de Grafton, Australia, donde se encuentra su familia. El saldo de su operación criminal en los dos templos fue de 50 fallecidos; seres inocentes quienes cumplían sus deberes religiosos.

¡Qué voracidad criminal, cuánta indiferencia ante el dolor de tantas familias que perdieron ese día su mayor tesoro: sus hijos y sus parientes!

Los informes de los investigadores indican que Tarrant creció rodeado de aparatos electrónicos, de juegos de guerra, de muertos en los combates imaginarios y de un frenesí sangriento en sus afanes bélicos. En cuanto a la evaluación psicológica del homicida, nada ha trascendido. Ese aspecto de la investigación presenta grandes riesgos para la Fiscalía, la cual podría verse sumida en un debate sobre la responsabilidad penal de un imputado con complejos problemas mentales.

Otra faceta de la herencia del asesinato en masa es su impacto en la tranquilidad social. Muchos temen la proliferación de conflictos étnicos durante el curso de la investigación, no solo en el teatro del drama, sino también en el ámbito más amplio de las filiaciones religiosas.

Por ahora, la prensa ha sido foco de estabilidad y no han entrado en escena agitadores para transformar el proceso en un circo enloquecido de fanáticos.

Esperemos que la serenidad prevalezca, y la paz y la justicia se constituyan en una ofrenda para las víctimas.

El autor es politólogo.