Jaime Daremblum. 17 abril

Los portentosos anuncios bélicos sobre Siria del presidente Trump suscitaron en el público imágenes de pasadas confrontaciones que aún agitan nuestra memoria. La introducción al presente capítulo fue un reciente ataque sirio con armas químicas contra la población civil de Duma, Damasco.

El primero de los avisos de Trump sobre la gesta que se avecinaba, emprendida junto con Francia y el Reino Unido, se produjo el viernes. Nuestros corazones se estrujaban al imaginarnos el cataclismo.

¿Para qué tanto alarde si al final todo quedará igual?

Curiosamente, en la noche siguiente, otro informe de guerra de Trump se inició con la solemnidad usual para declarar la “misión cumplida”. ¿Cumplida? Por nuestra mente pasaban recuentos de los gigantescos arsenales de Bashar al Asad, el propietario de Siria, aplastados por los novedosos misiles que, al unísono, silbaban por el aire hasta chocar con los objetivos. Pensamos, entonces, que quizás no eran tan grandes los depósitos de armas químicas sirias, en contraste con la potencia de los supercohetes aliados.

No en vano, por la mañana, entrevimos un aire de escepticismo en la prensa que posteriormente devino en cuestionamientos concretos de la operación en Siria. Un profesor ruso emigrado al oeste, afirmó que “el ataque no ha cambiado la situación en Siria ni perjudicado a Moscú, a pesar de la alharaca del Kremlin”. Otro comentarista ruso emigrado subrayó que “Putin comprende perfectamente que Trump actuó para inflar su imagen de hombre duro y distraer así la atención pública de sus problemas personales. Fue la imitación de un conflicto”.

Entonces, nos preguntamos, ¿qué estragos causaron los megamisiles occidentales en Siria? Los blancos de los cohetes fueron tres, a saber, un modesto instituto científico para diseñar proyectiles y fabricar armas químicas, un grupo reducido de depósitos de gas sarín y otro conjunto de fabricación de clorina. Dichosamente, nada mayor.

Otra faceta del conflicto ha sido la redistribución de inventarios de armas químicas entre diversos destinos que Asad realiza con frecuencia, principalmente con Hizbulá, el movimiento terrorista en Líbano y fuerzas fraternales en Irak. ¿En qué han quedado las inspecciones internacionales? Muy bien, gracias.

Surge así una pregunta fundamental: ¿Para qué tanto alarde si al final todo quedará igual? Hay 400.000 muertos de la guerra interna que esperan algún reconocimiento. Un avance democrático en Siria sería un bienvenido tributo para una de las grandes tragedias de nuestra época.

jaimedar@gmail.com