Jaime Daremblum. 12 marzo

Corea del Norte, el paraíso enrejado del déspota Kim Jong-un, se cubrió de flores y guirnaldas, el domingo, con motivo de las elecciones parlamentarias, plataforma para los dictados del régimen absoluto sojuzgador de esa nación. Muchedumbres cantaban y bailaban para expresar su regocijo por acuerpar con su voto la majestad infinita de Kim.

¿Qué importan las hambrunas periódicas, tan democráticas porque toda la población las sufre y por las cuales todos los súbditos están obligados a sonreír?

Grandes y pequeños, hombres y mujeres, requieren madrugar y engalanarse porque es la fiesta de Kim el magnífico, docto, justo y proveedor de las migajas de pan y verduras podridas con las cuales él pretende saciar el hambre de sus masas adoradoras.

¿Sabría alguno de sus famélicos súbditos que su primer acto de gobierno fue asesinar a sangre fría a sus familiares y funcionarios de quienes sospechaba fraguar crímenes contra él y su régimen?

El homicidio de hermanos y otros parientes muchas veces se perpetraba en aeropuertos. Toda suerte de venenos eran administrados por los homicidas al servicio incondicional del magnífico.

Su sangre fría le permitió estafar a los inocentes estadounidenses de quienes obtenía armas, alimentos y dólares. ¿Qué importancia tiene si, periódicamente, se enteraran esos ingenuos de que el dinero iba a aumentar el armamentismo y financiar los lujos extremos adorados por el excelso?

Su coñac, su champán, su caviar y sus bocadillos de los mejores restaurantes de París, entre otros gustillos, le son indispensables para mantener su ánimo, su entusiasmo, su agudeza mental y su zorra intuición que le sopla al oído cuáles son las víctimas siguientes.

Trump creyó, y confió, en la posibilidad de ganarle el póker al sonriente oriental. Así, mientras le endulzaba el oído al gran empresario, Kim proseguía la construcción de las plataformas y la instalación de los equipos para el lanzamiento intercontinental de misiles nucleares con capacidad de golpear fatalmente a Estados Unidos.

Ese desaire debió afectar profundamente a Donald Trump. Tras jactarse durante la campaña presidencial de bailarse a Kim Jong-un como un trompo, su fachada ante los votantes ha decaído.

Cuán fatal le ha resultado el pugilato, es la interrogante que presiona a expertos, analistas y votantes.

El autor es politólogo.