Jaime Daremblum. 28 julio

Entre los recuerdos de mi niñez, en un hogar de migrantes judíos de Polonia, en Limón, aún resuena un himno popular de aire solemne en aquellos años nublados de la Segunda Guerra Mundial.

Era 1940 y en Alemania y Europa la bota negra del nazismo procuraba triturar judíos y gitanos en masa, y componía una escalada homicida en las naciones sometidas a los apetitos cruentos de Hitler.

El empuje contra la agresión nazi y japonesa era resumido en nuestro rinconcito limonense en la tonada América inmortal: faro de luz, faro de libertad, exaltando el papel de Estados Unidos, y las radios del país la repetían sin cesar.

El ardor por la formidable victoria generó un sentimiento de pesar por las vidas estadounidenses sacrificadas en la guerra. En particular, el resurgimiento internacional de una Rusia beligerante fue un fenómeno que influyó dramáticamente en los cálculos globales de Washington.

A partir de entonces Estados Unidos continuó en su papel de superpotencia, puntos más o puntos menos.

Tras el arribo de Donald Trump, el rol de Estados Unidos llega a una especie de nadir. El presidente quebró un consenso de 70 años entre los dos partidos, que estaba arraigado en el principio de un robusto liderazgo en el mundo a través de alianzas e instituciones multilaterales.

En su lugar, el lema es la doctrina America First que, según sus críticos, constituye una ausencia de solidaridad en las relaciones internacionales.

Este giro se ha traducido en el perfil de un socio poco confiable para la comunidad internacional, sobre todo en un momento como el actual. A lo cual se suman la falta de acciones en favor del clima, el trato nuclear con Irán, el pacto comercial transpacífico y las sombras sobre las obligaciones con la OTAN. Ha tenido una seria disputa con la canciller Angela Merkel, que condujo al retiro de 9.500 soldados de Alemania y los transfirió a Polonia, no exactamente una democracia.

La influencia de la pandemia ha tornado las circunstancias más difíciles para Washington, al punto que hoy, de rebote, la Unión Europea y numerosos países tienen vedado el ingreso a ciudadanos estadounidenses.

Un futuro desafiante para Washington, independientemente de quien gane las elecciones presidenciales en noviembre.