Jaime Daremblum. 30 octubre, 2018

La noticia trascendió por todo el globo: la canciller alemana, Ángela Merkel, anunció el lunes su retiro de la política electoral. Las pérdidas sufridas en jurisdicciones claves del mapa político-electoral debilitaron, quizás fatalmente, su jefatura de la Unión Demócrata Cristiana de centro-derecha, que la había elevado a la cúspide del poder político y económico de su país.

La situación de las migraciones, que apelaba a la sensibilidad de la Merkel, lentamente cavó la altura alcanzada y su impacto fue cada vez más profundo

Ese cargo transformó su influencia en Europa y el mundo en punto de referencia de la acción política y militar del panal de organismos como la Organización de las Naciones Unidas (ONU), la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN) y, sobre todo, la Unión Europea (UE).

En más de una década, las rectorías de Estados Unidos, Rusia, China, Israel y tantas otras naciones y potencias de calibre global buscaron su consejo. La paz y la guerra en la faz terráquea apuntalaron el liderazgo de la frau y su trono: la usina pujante de Alemania.

Cuán efímero ha resultado el modelo imperial del poderío de las naciones, una verdad que viene de muchísimo atrás. El voto democrático es lo que realmente hoy determina los cursos y derroteros de muchos países poderosos, independientemente de sus armamentos. Esta verdad ha marcado las victorias y derrotas de naciones superarmadas, así como de las menos guerreristas en la comunidad de países.

El drama de la vida de la Merkel ilustra lo que afirmamos. Nacida en Alemania Oriental, satélite soviético, debido al descalabro de ese y otros pseudo-Estados, debió gravitar al Oeste en la posguerra. El avance científico del Este se multiplicó en la Alemania democrática que surgió entre las cenizas de la guerra. La joven Ángela fue parte de esa fuerza emergente que incluyó su afiliación con la democracia cristiana del Oeste. Completan el cuadro su superación científica y personal. Casada con un compatriota, su elevación sucesiva la ubicó en planos de mayor relevancia en la nueva Alemania y trazó rutas y cargos que trascendieron por su talento político.

La situación de las migraciones, que apelaba a la sensibilidad de la Merkel, lentamente cavó la altura alcanzada y su impacto fue cada vez más profundo. La cima en la que se movía se desmoronaba a mayor velocidad con los ataques de la nueva extrema derecha y los desafíos dentro de su partido. Esa dinámica produjo decepciones y derrotas al punto que se tambaleaba en las encuestas, por lo cual, con dignidad, anunció su retiro a partir de las elecciones del 2021. ¿Hasta cuándo?