Jaime Daremblum.   16 julio

Al concluir la Segunda Guerra Mundial, la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN) fue establecida por iniciativa estadounidense, en 1949, como bloque defensivo contra la amenaza de la Unión Soviética.

Turquía era un punto estratégico en ese ajedrez y ambicionaba ingresar como miembro pleno de la OTAN, concebida solamente para las naciones europeas, blanco directo de Moscú. Por otra parte, Turquía sería paso obligado para un teatro de operaciones defensivas no solo del Viejo Continente, sino también de países del Cercano Oriente y el canal de Suez.

En los últimos años, se ha dejado enamorar por Putin, el autócrata ruso, y eso cuajó ahora en una venta multimillonaria del avanzado sistema de defensa antiaéreo ruso, el S-400, cuyo desembarco se inició la semana pasada.

La mayoría de los miembros de la OTAN consideró que en la tierra de Atatürk la democracia no había germinado, no obstante las promesas de los generales rectores del país de fomentar las instituciones del pluralismo democrático. Por ello, Turquía solo se sentó a la mesa del plenario como miembro asociado sin voto y así ha continuado hasta la fecha. De esta forma, el ascenso en la OTAN devino en tema de la política interna y externa de Turquía.

El presidente turco, Recep Tayyip Erdogan, tampoco ha soltado la tecla del reclamo. Como sabemos, el país no es una genuina democracia y todavía hace pocos años hubo un intento de golpe militar infructuoso. Por otra parte, Erdogan ha llegado a sentirse estrella del espectáculo político internacional y su comportamiento es altivo y desapegado de las mínimas reglas de la educación, y muchas veces de la diplomacia.

En los últimos años, se ha dejado enamorar por Putin, el autócrata ruso, y eso cuajó ahora en una venta multimillonaria del avanzado sistema de defensa antiaéreo ruso, el S-400, cuyo desembarco se inició la semana pasada.

Todo muy impresionante, pero ahí están las sanciones legales de Estados Unidos aprobadas por el Congreso en el 2017. Además del castigo económico, incluyen la revocatoria de visas y toda venta de repuestos y equipos aéreos de Estados Unidos a Turquía, como una flotilla de ultramodernos cazabombarderos en camino.

Erdogan alega haber discutido el asunto con Trump, en Italia, hace un par de semanas, y que este le aseguró que no habría problema. El quid está en el Congreso y, de mayor relevancia, la reacción de una opinión pública supersensible que culpará al presidente de propiciar el armamentismo en el exterior, como lo ha hecho con Arabia Saudita. ¿Resolverá este enredo Trump con su arma predilecta, Twitter?

El autor es politólogo.