Jaime Daremblum.   25 junio

Las segundas elecciones a la Alcaldía de Estambul, celebradas el domingo, fueron una derrota grave para el dictador Recep Tayyip Erdogan.

Estambul es la ciudad más poblada, capital y principal centro económico de Turquía. Es, asimismo, clave para las finanzas de las agrupaciones políticas nacionales.

La lectura de los últimos acontecimientos pareciera emular la fotografía de un poder presidencial en caída libre, sin el adecuado respaldo popular para justificar un bajonazo del calibre sufrido en los días en curso.

Para Erdogan, Estambul ha sido el eje central de su poderío político y económico. Su carrera política arrancó ahí; primero en el Parlamento, luego en la vicepresidencia de la nación y, tras algunas piruetas legales y constitucionales, asumió el cargo de jefe supremo de Turquía. Con sus manos en control del financiamiento de los partidos políticos y las decisiones críticas en torno a la inscripción y desinscripción de las agrupaciones electorales, ninguna entidad política que constituyera una amenaza para la supervivencia y primacía de su partido de filiación religiosa, o de su presidencia, tenía posibilidades de sobrevivir.

En su posición crucial para la vida del país, y haber sufrido una intentona militar años atrás, es fácil comprender el alcance y la complejidad de la jefatura absoluta que ejerce en esta cuasi potencia internacional. Miembro de la OTAN y con una privilegiada ubicación geoestratégica, Turquía es, además, sede del aeropuerto supranacional, base de la Alianza Occidental. En otras palabras: Erdogan domina Turquía y, de hecho, a su red de alianzas militares y estratégicas a las que ofrece casa.

La lectura de los últimos acontecimientos pareciera emular la fotografía de un poder presidencial en caída libre, sin el adecuado respaldo popular para justificar un bajonazo del calibre sufrido en los días en curso. Para efectos de la explicación que los apologistas del régimen se atrevan a ofrecer, los hechos son más duros que las palabras.

La disyuntiva de Erdogan está entonces en dejar pasar los días, con una pluralidad de explicaciones con la esperanza de que cale en las mentes de los decisores que el ritmo de los resultados no obedece a él, sino a las acciones sin tino de unos cuantos calenturientos.

Ahora parece que Erdogan dirá que no le atañen los desenfrenos de grupillos incoherentes. Solo de esa manera es posible interpretar su decisión de viajar al extranjero para asistir a un cónclave internacional en los próximos días, en el cual se discutirán asuntos como la estabilidad democrática y los peligros de un putsch.

El autor es politólogo.