Jaime Daremblum. 24 julio

La reciente cumbre en Helsinki reunió a Trump con Putin, quien le ofreció facilitar a los investigadores norteamericanos acceso a los agentes de inteligencia rusos procesados por el hacking en las elecciones estadounidenses del 2016. A cambio, Putin pidió un pequeño favor: que oficiales rusos interroguen a agentes norteamericanos que hayan tenido algo que ver con acciones ilegales en territorio ruso y susurró: “Mr. Browder.”

El estadounidense Bill Browder es conocido en las altas esferas poscomunistas de Moscú. No obstante, sus inversiones resultaron visibles y cuantiosas, un tremendo pecado en Rusia. Asimismo, las prédicas democráticas del nieto del antiguo secretario general del Partido Comunista de EE. UU. fueron, además de excesivas, molestas y el desenlace fue su expulsión de Rusia en el 2005.

Moscú ha intentado burlar esa legislación con todo su arsenal de mañas y últimamente con los pedidos de Putin para que Trump desvirtúe las sanciones a Rusia bajo el Protocolo Magnitsky

En el 2008, su abogado en Moscú, Sergei Magnitsky, en el desempeño de su tareas representado al propietario ausente, descubrió un gran fraude fiscal perpetrado por funcionarios rusos. En algún momento la defraudación llegaba a $250 millones que, al hacerse pública, causó un terremoto publicitario y múltiples exequias de los involucrados. Sin embargo, el reconocimiento a Magnitsky por su valiente denuncia se tradujo en cárcel y palizas que produjeron su muerte el 16 noviembre del 2009.

Casi de inmediato, legiones de defensores de los derechos fundamentales en Rusia desencadenaron una intensa campaña de denuncia contra el Estado por los crímenes de sus agentes. No olvidemos que en esos años se produjo una ola de asesinatos de periodistas que de alguna manera habían denunciado con su pluma a figurones del régimen que saqueaban las arcas públicas.

Browder no se amilanó y se dedicó a cabildear exitosamente, primero en el Congreso de EE. UU. y luego en los parlamentos de Gran Bretaña, Canadá y los Estados bálticos, por una legislación que sancione a los violadores de los derechos humanos con represalias económicas y restricciones de viaje. Esta súper bomba se conoce como el Protocolo Magnitsky, en memoria del torturado y asesinado representante de Browder en Rusia.

Moscú ha intentado burlar esa legislación con todo su arsenal de mañas y últimamente con los pedidos de Putin para que Trump desvirtúe las sanciones a Rusia bajo el Protocolo Magnitsky. Esto se frustró hace pocos días en el Senado, con una votación de 98-0, que previene al presidente de admitir peticiones impugnando las facultades de diplomáticos y otros funcionarios norteamericanos. Sorry, Putin.