Columnistas

Horizontes: El pibe de oro

Las molestias y griteríos de las graderías del Maracaná, salvajes y atronadoras, resultaban insignificantes ante el asombro y la maravilla de ver jugar a Maradona

En los años sesenta y a inicios de los setenta, yo trabajaba en Washington D. C. en el Fondo Monetario Internacional (FMI). Durante la mayor parte de ese período, me desempeñé como oficial encargado de Brasil.

Fue una labor desafiante por las facetas múltiples de esa gran nación. En esos tiempos, la capital operativa y las cabeceras de los principales ministerios se encontraban en Río de Janeiro y se producía un lento traslado a la capital, en Brasilia.

Aquellos era los años de la Garota de Ipanema y las misiones de mi institución solían hospedarse en el hotel Copacabana, cerca de Ipanema. Yo miraba por las ventanas de mi habitación y veía en cada mujer, en menuda vestimenta, la etérea garota (jovencita) de la célebre canción de los compositores Tom Jobim y Vinicius de Moraes.

Muchos años después, quizás una década, tampoco era posible evadir las loas constantes a un jugador de fútbol argentino que donde jugara arrancaba gritos de alabanza y vítores de las graderías.

Durante un viaje ligado a mi profesión, ya cuando las canas cubrían mi sien, un amigo uruguayo me invitó a que lo acompañara al fútbol una noche para un juego de despedida de aquel pibe, Diego Armando Maradona, cuyo equipo a la sazón era el italiano Nápoles.

Todas las molestias y griteríos de las graderías del Maracaná, salvajes y atronadoras, resultaban insignificantes ante el asombro y la maravilla de ver jugar al llamado pibe.

Aquel muchacho moreno, bajito y veloz como una saeta era una maravilla, y aunque me quede corto en los elogios, nunca antes había presenciado un espectáculo de esa categoría.

Más allá de sus glorias en las canchas y su calidad de hijo amante de su madrecita, a la postre, Diego Armando Maradona no fue inmune a los vicios y otras tentaciones que constantemente lo rondaban.

Las drogas «gratuitas» y en abundancia inaudita, suplidas por la camorra de Nápoles, marcaron la debacle de este jugador idolatrado por las masas.

Porque, por encima de su fama y sus públicos delirantes y su indiscutible habilidad en las canchas, Maradona terminó siendo un ídolo con pies de barro.

Fue un genio en las gramas de todo el mundo y seguirá siendo adorado a pesar de sus fallas y contradicciones aun después de su muerte, el 25 de noviembre.

jaimedar@gmail.com

Jaime Daremblum

Jaime Daremblum

Abogado, Ph. D. de la Fletcher School of Law and Diplomacy (Tufts y Harvard), fue economista del FMI. Ha escrito columnas para el "Wall Street Journal" y fue profesor en la Universidad de Costa Rica. Fue director sénior de Latin American Studies en el Hudson Institute. Embajador de Costa Rica en Estados Unidos de 1998 al 2005.

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