Jaime Daremblum. 5 noviembre

Durante casi un siglo, el mundo cerró sus ojos al cruel exterminio armenio perpetrado por el Imperio otomano. Los autores materiales del horrendo crimen cedieron su preeminencia a las necesidades de la realpolitik de alianzas y contraalianzas que caracterizaron ese inaceptable escenario.

Al reconocer hoy el homicidio calificado de un millón de armenios y otros pobladores de ese país, la comunidad internacional ha aceptado la obligación de no volver a permitir encubrimientos de tal magnitud.

Existe un paralelismo en la conducta de Recep Tayyip Erdogan al perseguir a los kurdos que fueron aliados de Estados Unidos en Siria.

Por una votación de 405 contra 11 votos, la Cámara de Representantes del Congreso de Estados Unidos aprobó el 29 de octubre una resolución donde reconoce el genocidio de Armenia durante la Primera Guerra Mundial.

Adoptando la terminología reconocida internacionalmente en varias instancias y textos, el Congreso, con acierto, dispuso que los hechos configuran un exterminio sistemático y deliberado de un grupo social.

Dicho quebranto, en el tiempo original de su comisión, en 1915, no era generalmente aceptado. Sin embargo, en 1944, Raphael Lemkin, abogado polaco especialista en la materia, conmovido por la matanza de armenios y, luego, por la masacre de judíos por Hitler y sus tropas nazis y cómplices, promovió la inclusión de genocidio en el léxico jurídico internacional.

Existe un paralelismo en la conducta de Recep Tayyip Erdogan al perseguir a los kurdos que fueron aliados de Estados Unidos en Siria.

El viernes antepasado, el embajador turco previno que la aprobación de la resolución de la Cámara intoxicaría las relaciones turco-estadounidenses y podría amenazar la inversión global turca en Estados Unidos.

Los Estados Unidos hicieron posible el fortalecimiento y expansión del poderío militar turco, lo trajo a la OTAN y lideró la coalición que derrotó al Estado Islámico, y llevó a cabo decenas de ataques en territorio turco. En los últimos cinco años, compañías estadounidenses han invertido $20.000 millones en Turquía.

Si, paralelamente, Erdogan ha optado por abandonar una relación que ha sido inmensamente beneficiosa para Turquía, en favor de ahondar lazos con Rusia y China, no lo será porque la Cámara votó por reconocer el genocidio armenio, sino porque sus propias tácticas represivas tienden a parecerse a las de esas dos naciones.

El autor es politólogo.