Jaime Daremblum. 7 julio

El martes 30 de junio fue una fecha trascendental para Bélgica y la República Democrática del Congo. La seriedad fue subrayada por el precedente de un lamentable capítulo histórico que evocó la brutalidad autoritaria de las fuerzas belgas que ocuparon el Congo.

A finales del siglo XIX, el rey Leopoldo II de Bélgica nombró al explorador Henry Morton Stanley su hombre de confianza en África. Con motivo de esta gira, a lo largo y ancho de las vías fluviales se suscribieron tratados para abrir despachos y dependencias comerciales y de transporte, con supuestos funcionarios (casi todos analfabetos) como contrapartes del rey.

Con esos papeles hizo caer en tratos a Estados Unidos y algunas monarquías del continente, que acabaron reconociendo una porción similar al África Central como propiedad del monarca.

Esa parte la denominó Estado Independiente del Congo. Era la única colonia privada en el mundo y Leopoldo se refería a sí mismo como su “propietario”.

El rey se lanzó en un supremo esfuerzo para obtener una vasta fortuna extraída de su nueva posesión. Primero fue marfil, material grandemente apreciado en tiempos anteriores a los plásticos, porque podía tallarse en él una amplia variedad de formas y modelos.

En su célebre novela Heart of Darkness, Joseph Conrad, quien vivió seis meses en el Congo, en un despacho de tránsito de buques, ofrece una realista historia de la brutal lucha europea por el marfil.

Ya para 1890 una nueva fuente de riquezas afloró en el mundo, el caucho, gracias a invenciones como la bicicleta de ruedas inflables, el crecimiento de la producción de automóviles con llantas de ese material, la producción de fajas y empaques, e incluso ataúdes, así como el recubrimiento para teléfonos y telégrafos. La demanda era tal que hubo combates armados entre compradores del producto.

No había zona más extensa que los bosques “propiedad” de Leopoldo, donde ejércitos privados de 19.000 reclutas se aseguraban de que los congoleses cumplieran con sus cuotas. Trabajos forzados, esclavitud de mujeres, la mutilación de las manos a quien desobedeciera o el asesinato son parte de la cruel historia de esos años.

El legado de Leopoldo fue una severa catástrofe, económica y humana. Como parte del movimiento Black Lives Matter fueron destruidos monumentos en honor del esclavizador gobernante.