Jaime Daremblum. 15 octubre

Harry Truman, presidente de Estados Unidos en épocas críticas para el país y el mundo, era un hombre sencillo, trabajador y humilde. Nació en 1884 en Lamar, Misuri. En su ciudad natal, fue agricultor y, luego, en Independence, repartió correo y desempeñó otros empleos menores.

Pasaron los tiempos y, en el 2016, Estados Unidos eligió presidente al multimillonario Donald Trump. Este ha sido un capítulo desastroso en la historia de la diplomacia estadounidense.

Después de luchar en Francia durante la Primera Guerra Mundial, junto con un amigo, intentó convertirse en tendero para vender camisas. El negocio no prosperó y, años más tarde, consiguió ser nombrado juez de condado y, paralelamente, estudió Leyes en la Universidad de Kansas. Fue elegido al Senado y, en mérito a su desempeño, el presidente Franklin D. Roosevelt lo escogió para ocupar la vicepresidencia en 1944. Tras el fallecimiento de Roosevelt, en 1945, Truman ascendió a la presidencia de Estados Unidos.

La aciaga época de la Segunda Guerra Mundial le impuso esfuerzos y deberes indescriptibles y él dio la talla. Tomó las decisiones cruciales de lanzar las bombas atómicas sobre Japón. Representó a Estados Unidos en la conferencia de Potsdam, en Alemania, en la cual no tuvo reparos en regañar a Stalin por imponer satélites comunistas en Europa Oriental.

Pasaron los tiempos y, en el 2016, Estados Unidos eligió presidente al multimillonario Donald Trump. Su estilo ha sido altivo y desdeña a sus contrarios políticos y a los desfavorecidos socialmente. Además, acumula numerosos enredos de faldas. Internacionalmente, no solo se ha mostrado un factotum del Kremlin, sino que también generó la crisis desatada en el norte de Siria al sacar del terreno a las mínimas tropas estadounidenses que resguardaban la paz para darles paso a los turcos y abandonar a los kurdos, fieles aliados de Washington que lucharon heroicamente contra los violentos y crueles militantes del Estado Islámico. Esto, a sus ojos, era apenas un favorcito a dos de sus dilectos amigos en el elenco de los déspotas: Putin y Erdogan.

En consecuencia, el mapa del Oriente Próximo ha sido redibujado en favor de turcos, rusos y sirios. Y, con descaro, Trump invitó a Erdogan a visitar la Casa Blanca. Este ha sido un capítulo desastroso en la historia de la diplomacia estadounidense.

El autor es politólogo.