Jaime Daremblum. 26 febrero

Las tragedias de Venezuela, signadas por el déspota de turno, han marcado el prolongado hundimiento de ese país. Por épocas próspera, Venezuela ha disfrutado del jauja de los hidrocarburos, fuente de precarias alzas en los ingresos de la población. Mas el petróleo se perfiló desde temprano en recurso de rapiña para las dictaduras.

Asomos democráticos permitieron respiros de aflojamiento de las cadenas del neototalitarismo tropical. Pero las ondas del absolutismo terminaron siendo la maldición de ese país hermano.

Venezuela está hoy hundida en un despotismo carente de ética y humanismo

Una borrachera de despilfarro en épocas de Carlos Andrés Pérez acabaron en un golpe militar y el ulterior enjuiciamiento del caído mandatario, quien fue a prisión. En 1992, un líder castrense, Hugo Chávez Frías, protagonizó un golpe de Estado y, más tarde, en 1999, fue elegido presidente. Empezó así el período de finanzas alegres cuya culminación fue otro golpe que, brevemente, lo separó del cargo, pero volvió hambriento.

Los altos precios de los hidrocarburos inauguraron, en esas circunstancias, obras públicas, viviendas populares y una serie de medidas populistas consolidadoras del mando de Chávez. Fue en ese hito como se plasmaron los lazos con Fidel Castro y su régimen. Fue una amistad alimentada por los chorros financieros de Chávez para su tutor.

Cuando pocos años después murió Chávez, el timón venezolano quedó en manos de su antiguo chofer Nicolás Maduro y amarrado a Cuba con todas sus implicaciones. No menos significativa en esta breve relación histórica fueron los remezones políticos en Venezuela que abrieron la puerta a Chávez y los cubanos depararon largas filas migratorias hacia Costa Rica.

Venezuela está hoy hundida en un despotismo carente de ética y humanismo. ¿Qué era de esperar de esa gavilla de asaltantes disfrazados de mariscales de circo? La respuesta interamericana ha sido floja, tibia, como fue evidente en Bogotá con el así llamado Grupo de Lima. Estados Unidos ha permanecido ayuno de auténtico liderazgo, refugiado en su “todo es posible”, excepto la fantasmagórica opción de la fuerza militar. Entretanto, Maduro, con sus generales de bolsillos rebosantes, sonríe ante la flojera interamericana mientras el pueblo pasa hambre y carece de medicinas.

El autor es politólogo.