Jaime Daremblum. 5 marzo

La creencia en los poderes mágicos de las cumbres, donde los jefes de Estado, empezando por los monarcas y acabando por los presidentes u otras figuras que encarnan el poder del país en sus diversas configuraciones, ha llevado a gobernantes de numerosas naciones a emprender este género de aventuras diplomáticas con mucha fanfarria. Solo aquellas pocas muy bien arregladas de antemano para configurar un consenso, dan fruto a acuerdos que, por lo general, acaban en guerras o en el cementerio de los soberanos fallidos.

Así, ha ocurrido en días recientes en la magna cita en Hanói, la sufrida capital de Vietnam, del presidente estadounidense, Donald Trump, y el supremísimo Kim Jong-un (puede también ser llamado monarca, déspota, camarada, hijo del Sol o algo más grandioso para masajear el superego del cruento y joven personaje).

Al antiguo hotel Metropole, establecimiento que floreció por inspiración imperial francesa, rodeado de rebosantes jardines que cobijan las delicadas mesas para las citas de destacados personajes nacionales o extranjeros, arribó Trump, incómodo por la ventolina que amenazaba con desarreglar su delicada y bien fijada (con spray) rubia cabellera.

Quizás, en esos momentos, era más agitada la tormenta en Washington, donde Michael Cohen, exconsejero y factotum del presidente, hacía regueros sobre la Casa Blanca y la figura de Trump.

Trump fue el impulsor del encuentro, creyendo que sus habilidades para persuadir a compradores de inmuebles fácilmente serían aplicables al inocentón (así catalogado por “los brochas” de la Casa Blanca) gordito norcoreano. No obstante, a la hora de las discusiones, Kim frenó en seco al macho y sus mariachis.

Trump insistía en un desarme nuclear total, pero debió ceder a la terquedad del norcoreano, quien demandaba armas convencionales de los más exclusivos modelos, sin duda más útiles en las lides bélicas de ultramar que libra Estados Unidos, pero con cláusulas de exclusión (de los clientes de Hanói).

El gobierno surcoreano, por su parte, mediador para el deshielo entre ambos países, está preocupado por la posibilidad de que el diálogo entre Corea del Norte y Estados Unidos se estanque.

Así, con los semáforos en rojo, dio término la máxima cumbre ambicionada por Trump y Kim. Quizás ese final sea el inicio de un romance más ardoroso entre ambos gobernantes.

El autor es politólogo.