Jaime Daremblum. 30 julio

Inmensas manifestaciones de protesta vuelven a emerger en Moscú. Más de 1.300 participantes fueron detenidos el sábado 27 de julio, lo cual ofrece una idea del tamaño de la concentración ese día en las calles centrales de la capital.

Observadores internacionales calculan números mucho más altos de apresados y participantes. El motor de la protesta era la descalificación de centenares de fiscales designados por los grupos que adversan a los candidatos favorables a Putin en los venideros comicios municipales.

Es dudoso que las venideras protestas muevan la conciencia del Kremlin. Y, para variar, será la empobrecida población la que pague la factura.

Hubo una manifestación similar el sábado previo y otra ha sido convocada para el sábado próximo, 3 de agosto. Las elecciones están fijadas para el 8 de setiembre y su trascendencia radica en los 45 asientos que se disputan en el Concejo de la ciudad de Moscú. Dicho órgano está encargado de aprobar un torrente de rublos destinados para obras públicas, cuyo desembolso y gasto carecen de eficiente supervisión. Los asientos que serán definidos han sido ocupados por veteranos partidarios de Putin.

De esta breve introducción, es fácil inferir que los más rígidos mecanismos fiscales que aún sobrevivían en tiempos de Boris Yeltsin se vinieron aflojando hasta generar una situación opaca. Para los más perspicaces analistas, una cuantiosa parte de esos fondos son desviados hacia los bolsillos de quienes pertenecen a la nueva nomenclatura de jefes y sus superiores. Y las cantidades, podemos presumir, no deben ser nada despreciables.

Entretanto, el campeón infatigable de las reformas democráticas y éticas, Alexéi Navalni, permanece en una mugrienta celda penitenciaria, tras egresar de un hospital adonde debió ser llevado debido a las lesiones en el rostro y el cuerpo, muchas propinadas por policías el miércoles pasado. La condena del tribunal de turno fue de 30 días de prisión para este noble luchador social.

Para algunos analistas, el tamaño de las concentraciones en mucho responde al desprestigio que ha venido acumulando Putin por la caída de la actividad económica, a lo cual han contribuido las sanciones que se le han impuesto a Rusia por diversas políticas inaceptables para la comunidad internacional.

Es dudoso que las venideras protestas muevan la conciencia del Kremlin. Y, para variar, será la empobrecida población la que pague la factura.

El autor es politólogo.