Jaime Daremblum. Hace 6 días

Años atrás, un querido amigo, lamentablemente ya fallecido, me relató detalles sobre el flujo migratorio de niños procedentes de Chernóbil, de la antigua URSS, hacia Israel y Estados Unidos. Padecían diversas enfermedades, mayormente respiratorias, y tumores. Había urgencia de tratarlos en el exterior, nada fácil dado el entorno soviético. Aun los que pudieron emigrar a Estados Unidos o Israel requirieron continuar bajo cuidados médicos durante largo tiempo. Al respecto, revisemos los antecedentes.

El 25 de abril de 1986, durante un paro para el mantenimiento de la planta nuclear en Chernóbil, al norte de Ucrania, uno de los cuatro reactores se recalentó y empezó a lanzar llamas. Los ingenieros pensaron que era un terremoto. En realidad, una acumulación de vapor había lanzado al aire la parte superior del reactor, con un peso de 200 toneladas, además de masas de material radiactivo adherido.

Los trabajadores habían sido repetidamente asegurados por la gerencia en torno a la seguridad del “átomo pacífico” —consigna para la propaganda del partido— y jamás pudieron imaginarse que el reactor había explotado. Mijaíl Gorbachov fue parcialmente informado de que hubo una explosión en la planta, pero que el reactor en sí no había sido seriamente dañado. Nadie quería ser portador de noticias catastróficas.Cuando alguien sugirió prevenir de los peligros a la ciudad de Prípiat, establecida para alojar a los trabajadores de la planta, fue advertido de que debía aguardar una decisión de los superiores, paso aún más importante para evitarle apuros a la nomenclatura local. La KGB ordenó, por su parte, cortar líneas de comunicación para prevenir que las noticias se difundieran, en especial las concernientes a nuevas explosiones.

Hubo que esperar 36 horas para que los jefes locales finalmente ordenaran evacuar la zona. Era claro que transmitir hechos alarmantes era poco aconsejable en aquellos años. ¿Habrán cambiado hoy esas actitudes? Una serie televisiva reciente de HBO explica en detalle lo que fue —y sigue siendo— la tragedia de Chernóbil. Rusia ha rechazado lo presentado por esa serie y prepara su propia versión, pues afirma que la CIA fue la autora de los hechos que configuraron ese desastre sin precedentes.

El autor es politólogo.