Fernando Araya. 13 diciembre, 2018

Se ha evitado, por el momento, la profundización de la crisis fiscal en curso, y eso es positivo, pero no debe ocultarse que la Ley de Fortalecimiento de las Finanzas Públicas es tan solo un frenazo al borde del precipicio y el debate en torno a la propuesta fiscal ha evidenciado la presencia de profundos, corrosivos y arraigados egoísmos sectoriales.

Por el riesgo de que la economía se desacelere, aún más, y la deuda siga aumentando, es imprescindible propiciar un cambio social mayor y cronometrado que trascienda los insuficientes efectos de los impuestos recién aprobados, reactive el sistema productivo, enfatice la inclusión social y modernice al Estado.

La sociedad nacional se caracteriza por un desfase o contradicción básica: la existencia de una superestructura jurídica y social meritoria en el contexto latinoamericano, combinada con una estructura económica y una cultura política y gremial subdesarrolladas

Nada de esto es fácil, estimo que se requerirán de 10 a 15 años para alcanzar buenos resultados en todos los frentes apuntados, siempre y cuando se actúe con sentido de continuidad, innovación y mejora constantes. En esa dirección, es necesario que el análisis técnico de las alternativas se efectúe al margen de la dialéctica amigo-enemigo a la que invitan las ideologías y los sectarismos plutocráticos, políticos y gremiales.

La convivencia racional exige ciencia y sabiduría, no insultos, ni odios, ni fanatismos, y obliga a que las élites políticas y sociales efectúen una poderosa autocrítica, se reinventen y asuman sin atenuantes su responsabilidad en la gestación del elevado endeudamiento, la baja productividad, la escasa competitividad, la desaceleración económica, la hipertrofia del Estado y la postración social de amplios segmentos de la población.

De persistir la ausencia de autocrítica en las élites, y de no ser estas capaces de refundarse, llegará el día cuando su vanidad origine la pesadilla de un grupo de salvadores violentos y autoritarios. Una alegría momentánea y tenue —como la aprobación de los impuestos— no debe llevarnos a olvidar las sombras que se ciernen en el horizonte ni disimularlas en apariencias de mejora, en discursos insulsos o en la soberbia del mesianismo político.

Cuando la historia se acelera. En los últimos 80 años, Costa Rica ha experimentado tres períodos de dinámicas históricas aceleradas. Fases evolutivas en las cuales lo que antes requería años, y hasta décadas para concretarse, se lleva a cabo en tiempos mucho más cortos (días, semanas, meses, uno o dos años).

Esas fases de aceleración histórica son las siguientes: 1940-1950 (reforma social, eliminación del ejército, creación del Estado social y liberal de derecho); 1976-1990 (nueva estrategia de desarrollo, liderazgo nacional e internacional en la pacificación de Centroamérica); y el actual período iniciado en el 2000, caracterizado por la crisis del bipartidismo, el surgimiento del multipartidismo y los esfuerzos para ejecutar modificaciones a la estrategia de desarrollo.

La actual etapa de aceleración histórica se exterioriza en cuatro crisis: económica, no es solo fiscal, sino también de insuficiente competitividad y baja productividad; de liderazgos individuales y colectivos, con algunas excepciones notables, lo que se refleja en la decadencia de la calidad intelectual, teórico-práctica, de los grupos dirigentes; de movimientos sociales y de partidos políticos, lo cual es notorio en la incapacidad para innovarse, rediseñarse y reinventarse, propiciando nuevas formas organizativas, nuevos métodos de trabajo, nuevos lenguajes y nuevas dirigencias; y crisis afectivo-emocional, evidente en la violencia verbal utilizada en las redes sociales.

El conjunto de estas crisis ha originado una crisis sistémica, esto es, un deterioro profundo del funcionamiento, de la calidad y de la eficacia del sistema social costarricense. Si a la crisis sistémica interna se une la presencia de fuerzas globales como la criminalidad, el proteccionismo comercial, los nacionalismos exacerbados, el ascenso nazi-fascista y de los mesianismos totalitarios y la expansión de los odios (xenofobia, homofobia, misoginia, misandria, misantropía, aporofobia), se comprende que la situación de la sociedad costarricense es de alto riesgo.

Contradicción principal. ¿Qué hacer? ¿Qué decisiones tomar? La sociedad nacional se caracteriza por un desfase o contradicción básica: la existencia de una superestructura jurídica y social meritoria en el contexto latinoamericano, combinada con una estructura económica y una cultura política y gremial subdesarrolladas.

Algunos investigadores, en los años 70, se acercaron a esta tesis cuando observaron en la Costa Rica de aquel tiempo una “estructura política y social” desarrollada combinada con un “aparato productivo” subdesarrollado (vea Costa Rica: Raíces del Estado de la Nación, 2006).

Este mismo planteamiento, o uno muy semejante, lo plasmó Rodolfo Cerdas Cruz en el libro La crisis de la democracia liberal en Costa Rica y en el ensayo Del Estado intervencionista al Estado empresario (Anuario de Ciencias Sociales 1979).

Los indicadores de desarrollo humano dados por el Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD), así como los indicadores de desarrollo social analizados en los informes del Estado de la Nación, reiteran el mismo desfase o contradicción: sitúan al país en el grupo de naciones de mediano y alto desarrollo humano, a pesar de lo cual sus aparatos productivos, políticos y gremiales son primitivos, casi prehistóricos.

Está claro que el objetivo estratégico de la política pública y de los esfuerzos privados es superar la contradicción indicada mediante: desarrollar la competitividad y la productividad del sistema económico para elevar la tasa de crecimiento y generar empleo; modernizar las estructuras jurídicas y sociales; y erradicar la pobreza reduciendo la desigualdad, fortaleciendo las clases sociales medias y dignificando a los trabajadores públicos y privados.

Dialogar sobre este asunto es el principal desafío intelectual del presente momento histórico, y conviene concretar ese diálogo aprobando la educación dual, la ley de empleo público, el teletrabajo, la reforma del Estado, la reforma educativa centrada en la calidad, la evaluación del desempeño, la simplificación y modernización del régimen tributario, la sostenibilidad de los sistemas salariales y previsionales, la participación comunitaria y la descentralización regional en la gestión de la política social.

Dos son los requisitos para avanzar en estos asuntos; primero, que los costarricense sean sujetos de su propio destino, que no esperen de otros o de otras instancias la solución mágica y paternal de sus problemas, y se organicen para ejercer auditorías ciudadanas sobre el funcionamiento del Estado y del gobierno, lo que es asunto de cultura, educación y psicología; y, segundo, abandonar el refranero de la postración y la mediocridad: “calladito es más bonito”, “el que venga atrás que arree”, “hallarle la comba al palo”, “machete estate en tu vaina”, “que todo cambie para que todo siga igual”, “que el piso esté parejo para que todo sea igualitico”.

Gobernar, dirigir, liderar, construir, vivir, exige liberarse de esos lemas. Frente a la medianía, recuerdo a Jorge Debravo cuando en Trajes se refiere a la importancia de cambiar para que nada —ni ideas, ni emociones, ni experiencias— se hundan “en la piel y en los huesos” porque entonces se convierten en amos y carceleros. La hora de la crisis sistémica es también la hora de la creatividad, la innovación y la reinvención.

El autor es escritor.