Amalia Chaverri.   19 enero

Me uno a las voces que en estos días rinden homenaje a Guido Sáenz González en sus 90 años recién cumplidos este primero de enero. Creo que cuando se escriba la historia cultural del siglo XX, una figura por excelencia y referente obligado será Guido Sáenz González por su inclaudicable compromiso con el desarrollo cultural costarricense.

Hablar de mi amistad y respeto hacia Guido Sáenz se remonta a mi función como directora del Museo de Arte Costarricense –donde fue un gran consejero– y luego se consolida cuando tuve el honor de ser su viceministra de Cultura. Fuimos compañeros de trabajo durante cuatro años.

Fui testigo de como su mente nunca dejaba de volar, siempre mirando al horizonte, hacia la búsqueda y encuentro con nuevos proyectos para enriquecer continuamente el desarrollo cultural del país

Hablar de este apreciado amigo es también hablar de un espíritu visionario; de una persona con empuje, tenacidad y valentía para llevar a cabo proyectos de gran envergadura, atrevidos y necesarios; de su incansable entrega al trabajo y también de su perseverancia (muchas veces con una dosis de una sana “terquedad”) en aras del logro de sus ideales.

Fueron cuatro años de un aprendizaje constante, de un goce producto de diálogos fascinantes, de un compartir su pozo de recuerdos, de disfrutar de sus incontables anécdotas, de su sentido del humor, pero también de oírlo quejarse, con sobrada razón, de la burocracia estatal que retrasaba o impedía llevar a cabo muchos de los trabajos deseados.

Fui testigo de como su mente nunca dejaba de volar, siempre mirando al horizonte, hacia la búsqueda y encuentro con nuevos proyectos para enriquecer continuamente el desarrollo cultural del país. Fueron tiempos en los cuales yo trataba de “exprimir” todo el caudal intelectual y cultural que emanaba de sus conversaciones.

Imposible dejar de mencionar su pasión por la vida y obra de Federico Chopin. Recuerdo cuando, terminado el trabajo del día, dedicábamos un tiempo a hablar: él de Chopin y yo, de Saramago. Llegamos a la conclusión –luego de compartir argumentos– de que Saramago hacía con el lenguaje lo que Chopin con el piano. Así ambos quedábamos satisfechos.

Durante todos estos años tuve la oportunidad de contar con su confianza, su respeto y sus enseñanzas.

Aciertos. Por su gran pasión por el desarrollo del quehacer artístico, es imperativo hacer un recuento de sus hitos en el campo de la Cultura (así, con mayúscula): la puesta en valor, y recuperación, del Parque Metropolitano La Sabana; la creación del Museo de Arte Costarricense; la reorganización de la Orquesta Sinfónica Nacional, proyecto de gran envergadura, amén de una difícil decisión y, relacionado con esto último, la creación del Programa Juvenil de la Sinfónica; el parque de la Paz; el Teatro Arlequín donde fue también actor junto con otras notables personalidades y momento crucial en el desarrollo del teatro costarricense; la consolidación de las ruinas de Ujarraz y la restauración de las iglesias de Orosi y de Quircot; la restauración de la casa de Alfredo González Flores y el Fortín, ambos en Heredia; el Programa de Cultura en los Parques, junto con Rafa Fernández; el Taller Nacional de Teatro; el programa Atisbos, en canal 13, espacio de encuentro de personalidades de la cultura; y, su gran hito, la recuperación del edificio de La Aduana, convertido hoy en un magnífico espacio cultural.

El espectro que cubre este listado habla por sí solo. Los costarricenses debemos estar agradecidos, con sobrada razón, con quien merece que recapitulemos sobre la cantidad de obras que llevó a cabo y que han enriquecido la cultura nacional.

La autora es filóloga.