José Joaquín Chaverri. 12 febrero

Esa noche, en el hotel Tequendama de Bogotá, terminamos de trabajar a las once de la noche. Era una reunión del canciller Gonzalo Facio con Indalecio Liévano Aguirre, ministro de Relaciones Exteriores de Colombia y vicepresidente de esa querida nación. Un ilustre intelectual.

De inmediato, alguien trajo unas copas de vino para agasajar al visitante de Costa Rica. Como parte de la delegación, puede escuchar a los dos cancilleres declamar poesía clásica española hasta pasada la medianoche. Uno y otro se retaban a expresar poesías, complejas y bellas.

Don Gonzalo nunca se detuvo, pues siempre respondió las declamaciones de su distinguido anfitrión colombiano. Tal vez esto podría ser una muestra del gran nivel de ambos y, en concreto, de nuestro apreciado don Gonzalo J. Fabio, de una memoria prodigiosa.

Era una tormenta de ideas y sólidos conocimientos

Incansable político, diligente diplomático. Trabajé siete años con el ministro Gonzalo J. Facio. Cada día era creador de un nuevo planteamiento, documento o discurso de una posición política que compartía con sus colaboradores.

Era una tormenta de ideas y sólidos conocimientos. Discutía como buen abogado, aceptaba sugerencias, pero todos sabíamos que estábamos ante una mente jurídica brillante, que recordaba con aprecio su paso por la universidad, como profesor, aunque fue por poco tiempo.

La generación de los años 40 estaba presente en su personalidad y en el despacho donde nos reunía. No había televisión ni Internet, pocas radios y todos eran lectores profundos y de memoria privilegiada. Esto ocurría cuando había que declamar poesía y citar numerosos autores de la diplomacia y del derecho internacional.

Había pasado por decenas de batallas políticas, principalmente, frente al presidente Mario Echandi (1958-1962), también cabeza brillante de un grupo de intelectuales de primera línea, que se enfrentaron al pensamiento del Partido Liberación Nacional, del cual don Gonzalo era una de sus mentes líderes y fundadores.

Sabían combatir ideas y respetar personas. Fui testigo de esos desencuentros entre don Mario y don Gonzalo. Uno, por sus famosos papelitos, y, el otro, con sus contundentes respuestas políticas y jurídicas.

Eran de una generación que sabía leer, debatir y discutir, muchas veces con gracia y frialdad. Pero lo que aprendí es que, al pasar los años, ambos se unieron en un partido político. Y prevaleció la inteligencia y el respeto, e incluso la amistad de los tiempos de la universidad y del colegio cuando San José era muy pequeña.

Hay que saber no confundir las ideas con las personas. Líderes de Israel, Portugal, España, Estados Unidos, Venezuela, Ecuador, Brasil, Perú y otras muchas más, acudían para conocer la opinión de Costa Rica sobre las diferentes crisis internacionales, o simplemente eran parte de su amplia red de amistades.

Don José Figueres lo nombró ministro en 1970. Al año siguiente, inicié mi trabajo con él. Fue mi maestro en la diplomacia y en la comunicación, en las dos administraciones que fue ministro en ese entonces, pues anteriormente había ejercido cargos similares en los gobiernos de Figueres y Daniel Oduber Quirós.

Luego, fue embajador en Washington. Cuando Henry Kissinger, en ese entonces secretario de Estado de Estados Unidos, quería saber su opinión sobre algún tema relacionado con América Latina, sabía a quién acudir: a don Gonzalo J. Facio.

Le vi sufrir con el dolor de la muerte de su hijo y de su madre, doña Teresa. Le vi emprender duras batallas, algunas exitosas, otras no tanto, como ocurre en la vida. Pero todos sabíamos que las capitales de América sentían profundo respeto por la opinión, el consejo y los criterios de nuestro ministro.

Un ambiente de alegría. Viéndolo trabajar, aprendíamos en silencio, estudiando, leyendo, construyendo criterios en medio de numerosos momentos de alegría.

Un día el Lic. Juan Edgar Picado trajo al gobernador de Georgia. Había sido una mañana tremendamente complicada, por actividades, notas y aclaraciones de prensa.

Hasta que don Gonzalo cayó en la cuenta de que había olvidado la cita, y pasó de inmediato a los distinguidos visitantes a su despacho, nada menos que acompañaba al distinguido abogado su gran amigo, el gobernador del Estado de Georgia, Jimmy Carter, luego presidente de los Estados Unidos.

La diplomacia es componer y recomponer para lograr la paz. Sean estas cortas palabras de agradecimiento para un hombre que llevó a cabo una inmensa tarea por Costa Rica, que la historia estudiará con profundidad.

El autor es diplomático.