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Los periodistas son inhumanos, creía el escritor austríaco y periodista Karl Kraus, sentimiento que compartía con Soren Kierkegaard

El periodista austríaco Karl Kraus hizo honor a su profesión. Murió en 1936, pero sus escritos se siguen publicando en casi todas las grandes lenguas europeas. Su obra es un agudo testimonio del período más siniestro de la Europa moderna y una revelación premonitoria que hoy pareciera materializarse. Su texto En eterno recuerdo, que se subtitula Dos comitivas, exige del lector una capacidad de concentración casi acrobática. Escrito en dos columnas que deben ser leídas simultáneamente, describe los viajes, también simultáneos, de dos grupos de personas.

El primero es una multitud de infortunados serbios que, mientras huyen del caos de la invasión austrohúngara de 1914, padecen los horrores del hambre, el frío y la amenaza de muerte inminente: «Con cuánto dolor y compasión pienso en los niños que seguían a esta comitiva. Iban medio desnudos, con las suelas destrozadas, sucios, de la mano de madres que a menudo llevaban en brazos a un bebé lloriqueante. Se me vinieron a los ojos las lágrimas de compasión al ver a un niño de 10 años que sostenía en brazos a su hermanito sollozante y le metía en la boca el último fragmento de pan».

El otro grupo lo integraban los periodistas y diplomáticos que, invitados al viaje inaugural del lujoso Expreso de los Balcanes, se desplazaban de Viena a Budapest y protestaban porque durante una parte del trayecto carecerían de salón restaurante. Pese a la corta distancia geográfica entre ambos episodios, en ningún momento los periodistas hablaron de los desastres de la guerra en curso. Para el lector, la inhumanidad del contraste es tan ofensiva como aterradora.

Kraus copia, a manera de epílogo, una cita de Soren Kierkegaard, escrita en 1846: «…la sed de sangre es ajena a mi alma, y creo tener también hasta un grado espantoso la idea de mi responsabilidad ante Dios: pero no obstante, quisiera cargar en el nombre de Dios con la responsabilidad de ordenar abrir fuego, con solo que previamente me cerciore con el más angustioso y concienzudo de los cuidados de que ante el cañón no se encuentra ningún ser humano, ningún otro ser vivo más que periodistas».

Se podría haber incluido en la invectiva a todos los intelectuales. Gracias a un testimonio fiable, sabemos que Franz Kafka mostró gran entusiasmo por la declaratoria de guerra contra Serbia.

duranayanegui@gmail.com

El autor es químico.