Dorelia Barahona. 5 agosto, 2018

No hay que estar en clases de filosofía del arte para que nos demos cuenta de que el mundo tiende a maquillarse con la vehemencia de la histeria.

Como si fuera hacia su presentación final en el concurso de seducción cósmica, el mundo se mira y se enamora. Se mira y se enamora.

Pongamos atención a las últimas décadas, cuando pasamos de la visión clásica de la estética, como un adorno del Ser, o contraparte material de la esencia inmaterial, que los griegos tan bien desarrollaron a partir del pensamiento oriental, a la sugerente visión de la libre expresión que toda estética posrromántica nos heredó, sobre todo, en el arte.

Hoy por hoy, la estética no es ni la una ni la otra. Se ha convertido en la red de las estéticas, que como parte de las funciones que toda socialización humana hace, toma su lugar junto con las herramientas del capital volviéndolo bonito, por decirlo de una manera más cotidiana.

La estética pasa de ser el adorno del producto, a ser el producto, en esta creciente tendencia a embellecer las actividades y los modelos, con el fin de que el consumo siga voraz y con resultados probadamente positivos en la adquisición de bienes.

Los aportes de la neuroestética tienen como bien probados en las neuronas los dones que la belleza hace sobre las cosas. A los seres humanos nos gusta más lo bonito que lo feo, aunque culturalmente sigamos discutiendo estas temáticas desde la crítica. Así que recurrir a la estética para recrear ideas, modelos y productos es parte de lo normal en un sistema capitalista o neocapitalista.

Ser es parecer. Lo importante es como parecemos ser, en vez de como somos, porque ya sabemos que el parecer ya es ser en nuestro cerebro, aunque esto diste de la ética.

Son muchos los sectores que han tomado recetas a partir de los aportes de esta nueva disciplina. Incluso la neuropolítica también ha hecho acopio de esta tendencia, así como muchas instituciones que incluyen el arte y la belleza en el discurso y la propuesta ideológica misma, al construir su objeto y su imagen de modo sensible.

La persuasión, obviamente, no es solo un asunto que se logra a través de los ojos, sino con todos los sentidos, incluido el sonido del lenguaje. ¿Se acuerdan de la retórica? ¿Recuerdan cómo cuentan los cuentos?

La estetización del mundo, como reflexionan Gilles Lipovetsky y Jean Serroy, en un ensayo del 2015, ha permeado en toda la sociedad actual. Seducir por medio de la imagen, la forma, la palabra y la percepción en todos sus matices, es parte de la vida sistémica brindada por la comunicación social globalizada. La jerarquía de la demanda ha pasado del peldaño inferior a la estética, en tanto teoría de la sensibilidad o aisthesis, a ocupar junto con el diseño de imagen el peldaño superior en la escalera de los bienes estimuladores.

El arte también ha modificado su finalidad adaptándose a esta nueva jerarquía donde pareciera más importante obtener más encantados que profundizar en los propios atributos del encantador.

Para ello, podemos ver cómo la sociedad se ha llenado de estímulos perceptivos, incluso el olfato, el sonido y los recuerdos emocionales, a la espera de que el observador elija con la rapidez de un comprador impulsivo.

No se trata de que el arte esté en todas partes como una victoriosa señal de una sociedad mejor al estilo Bakunin, sino de que la belleza inunde e interfiera en nuestra capacidad de decisión en un mundo de consumo cada vez mayor.

Infantilización. Todo tiene que ser amigable, rápido y cómodo para que el hipocampo le gane a la corteza prefrontal del cerebro y opaque la función de otras áreas y juicios. De modo que las conductas se vean reforzadas por la inmediatez de lo visual en la mayoría de los casos.

Se ha hablado de la infantilización de la sociedad y es posible que esto se deba a esa tendencia a envolver en papel de regalo hasta lo que no se envuelve. La madurez de los seres humanos y sus sociedades es resultado del uso de todas sus funciones en todas sus etapas. Centrar por facilidad de oferta y demanda la relación con el mundo en la belleza es exitoso para las ventas, pero puede convertirse en un dudoso freno para el desarrollo cognitivo. ¿O es que eso quiere el mercado? ¿Seres infantilizados, maquillados, implantados, permanentemente sexis y amorosamente dispuestos a consumir para reforzar el anhelo infantil de permanecer sexis y enamorados, a cambio de que algunos se llenen los bolsillos? ¿Cuántas luchas damos sin darnos cuenta de que son luchas ya programadas para hacernos más adictos al mercado de las emociones y la belleza?

Las horas opacas existen y son necesarias también. Es un tiempo dedicado a las rutinas. No hay impulsos, no hay novedades envueltas en papel de regalo. Solo métodos y reflexiones sobre la realidad. ¿Dónde se encuentra la esperanza para una mejor sociedad?

La autora es escritora y filósofa.