Víctor Ml. Mora Mesén. 11 agosto

Parece ser algo banal y cotidiano, pero cuando prestamos atención al insistente tictac, nos damos cuenta de una irremediable realidad: el tiempo pasa. No hay forma de detenerlo. Es cierto: un segundo nos puede parecer eterno en circunstancias extraordinarias, pero en la simple normalidad cada sonido del reloj (de esos de antes, no de los digitales que ocultan convenientemente la verdad) nos advierte de que no somos los mismos de un segundo atrás.

El pasar de los años, es decir, los miles de segundos marcados por el reloj, nos enseñan que ese repetido sonido no es más que el son de una canción que irremediablemente terminará para nosotros.

El tiempo marca la volatilidad de lo humano, la fugacidad de sus pretensiones

Es increíble cómo ese sonido atrae nuestra atención, incluso cuando somos niños o jóvenes. La primera vez que se nos dijo que no existe una definición precisa de “tiempo” en el mundo de las ciencias puras, produjo una cierta desazón en nosotros: ¿Acaso hay algo que escape a la razón lógica o científica? Parece que la respuesta es un rotundo sí, al menos así lo es hasta el día de hoy.

Es cierto que Einstein nos aclaró que existe una interrelación muy estrecha entre tiempo, espacio, materia y energía, pero no nos ofreció un mundo conceptual totalmente claro y definido. El tiempo, aunque relativo, es más que la medida del tictac: es vida, es instante, es ansia, es hermosura, es tristeza, soledad o compañía, luz o tinieblas, salud o enfermedad.

Tiempo particular. Hay un tiempo para todo, como decía Qohelet, pero él tenía la idea de la historia como una repetición de ciclos, sea personal, como en la vida de la sociedad o de la misma naturaleza. Cada ser humano, sin embargo, experimenta el tiempo y sus circunstancias como eventos únicos e irrepetibles, que nos afectan y tocan en lo profundo; pero no por ello las manecillas del reloj se detienen: su son nos habla de un futuro inmediato y de tantos otros instantes que tienen que ser definidos por una infinitud de variables que no podemos controlar.

Ser conscientes de ese paso del tiempo adquiere distintos matices conforme envejecemos y, poco a poco, nos damos cuenta de lo absurdo que son ciertos eslóganes modernos: “El tiempo es oro”, “la velocidad de la vida se ha disparado”, “es necesario ser eficiente en el uso del tiempo para alcanzar las metas propuestas” y otros más.

El tiempo no es eficiente, ni productivo, es calidad de vida. Por eso, nos es difícil hablar de él con objetividad, nuestras emociones o percepciones interiores le están indiscutiblemente ligadas. Tal vez por ello la ciencia histórica no es solamente reconocimiento de datos que certifican hechos acaecidos, sino también hermenéutica que intenta determinar causas, razones e interrelaciones entre los eventos. La historia, como ciencia del tiempo humano, está jalonada por el ansia de comprender con objetividad lo que nuestra subjetividad ha dejado como huella en la memoria.

Volviendo al tictac, nos esforzamos por encontrar una forma de medir el tiempo, pero este es relativo al observador. De allí que nos preguntemos la utilidad de esta herramienta demasiado vinculada a la arbitrariedad. El tictac, con todo, no deja de ser información útil para la cotidianidad. Gracias a esa medida nos podemos encontrar al mismo tiempo, tener el mismo calendario y hasta celebrar nuestro envejecimiento paulatino.

Hasta que, de repente, todos los horarios se tienen que ajustar debido a la imperfección del movimiento de la tierra alrededor del Sol. Sí, incluso ese perfecto marcador de los segundos se ve sometido a la imperfección. Eso es esencial para comprender la esencia de nuestra vida, que de ninguna forma se somete sumisamente a los parámetros que queremos construir a su alrededor.

Transformación. El tiempo trae consigo cambios no esperados: se dejan de lado costumbres, se aceptan otras; se olvidan viejas historias, se crean nuevas; se construyen imperios, que se derrumban; se forjan ideales e instituciones que los mantienen, se tienen que ajustar unos y otros; se piensa que algo es eterno, pero tiene una existencia efímera; lo efímero parece irrelevante, pero puede conquistar el mundo.

El tiempo marca la volatilidad de lo humano, la fugacidad de sus pretensiones. Sí, nos hemos dado cuenta de que nuestra historia es insignificante delante de la paciencia constructiva del tiempo en el vasto universo que nos rodea.

El tiempo nos empequeñece porque nos devuelve al sitio que ocupamos en el cosmos: en el gran día de la historia de lo que hemos podido ver que existe, somos granos de polvo con pretensiones de grandeza que, ni siquiera, tienen un segundo de vida. Por eso, el tiempo se vuelve un elemento sagrado, que necesita de rituales para ser entendido porque si solo nos atenemos al continuo tictac de los ciclos del día y la noche, del sucederse de los segundos, minutos y horas, de los meses y años, de lo que acontece o no sucede, nos volveríamos indolentes y fríos.

La gélida lógica del tiempo nos empuja a encontrar sentido y razón, pero en medio de un devenir continuo que no puede ser detenido y que tiene consecuencias directas en lo que somos. Nuestros cuerpos y nuestras mentes sienten su avanzar, sin que sea posible una pausa experimental o un metatiempo que nos permita comprender o frenar el sucederse de la vida. Como un río impetuoso, el tiempo exige respeto (al menos así lo sentimos) y, por ello, una especie de reverencia o de su contrario.

Tenían razón los filósofos existencialistas o los posmodernos actuales cuando buscan en el presente el instante fugaz que nos dé una razón. Pero el tictac es solo sonido que intenta dar cuenta de una realidad superior, inalcanzable porque parece indolora y sin sentido. La celebración del tiempo nos ofrece un momento de ilusión o de misterio. Por ejemplo, el fin de un año produce miedo en muchos, debido a la majestuosidad de su celebración: la fiesta esconde el pavor que tenemos a no poder aferrar lo inevitable del sucederse de las cosas para transformarse en comida, baile o fuegos artificiales. Nos deseamos un feliz año, pero en esa frase se esconde la posibilidad de la desgracia, del dolor e, incluso, de la muerte.

Esperanza. Es precisamente en esa ambigüedad que suscita en nosotros el tiempo, donde encontramos un motivo para sostener la esperanza. El tictac también nos habla de futuro porque uno tras otro de aquellos sonidos se subsigue y nos da también paz. El reloj nos hace conscientes de que estamos ahí, aunque no allá, en el instante que pasó.

Oír un tictac nos abre a la posibilidad de oír otro más, de sentir que la vida parece interminable, que el sucederse de los años es solo ilusión y que, al fin y al cabo, somos los mismos porque hemos escuchado un tictac pasado, estamos escuchando otro y estar por escuchar el que viene. De aquí que celebrar el tiempo es un aliciente para seguir viviendo, para no darnos por vencidos ante la muerte.

Los residuos dejados por otros a lo largo del tiempo comienzan entonces a tener un sentido más profundo. Nos hacen viajar a los momentos felices en nuestros recuerdos y a festejarlos nuevamente. El tiempo hace que las viejas heridas sanen y que nuevos proyectos surjan. Pero ¿es el tiempo el que lo hace? Es solo un decir, somos nosotros a quienes, en la contemplación del tiempo que pasa, nos asalta la memoria que nos impacta en la conciencia y que genera el ansia por integrar lo vivido con lo esperado, lo añorado con el pasado, la fidelidad con el presente y la esperanza con lo experimentado.

Sí, el tiempo pasa, pero nosotros somos también tiempo, porque en él creamos vida, sueños, proyectos, relaciones, sociedades, políticas, guerras, construcciones, reconstrucciones y hasta novedades. ¿Qué sería el tiempo sin nosotros, que dentro de él somos consciencia, conocimiento y archivo?

Cierto, para un poco de polvo cósmico, tal vez sea una gran pretensión creer que damos “calidad” al tiempo. La verdad es que, sin esa capacidad de dar sentido, de gozarnos en el paso de la inquebrantable irregularidad e indeterminación del tiempo, el tictac del reloj no se llamaría así, con esa maravillosa sonoridad, porque al transcurrir del tiempo nosotros le hemos dado ritmo.

El autor es franciscano conventual.