Dorelia Barahona. 2 enero

Sentirse feliz, satisfecho, en paz y por completo realizado, es parte del anuncio comercial de esta época, y su impacto en nuestras prácticas de vida no deja de ser paradójico.

El cero estrés limita nuestra relación con los demás de maneras insospechadas, y transforma en peligrosos transportadores de amenazas a los otros, a los que no somos yo. Convertimos en enemigos a quienes se acercan con mirada incómoda a esa pregonada zona de confort y vemos a la alteridad como portadora de virus contaminantes e ideas desestabilizadoras, y no hay que ser muy listos para reconocer que los modos complacientes de relacionarse son el mejor caldo para lograr una sociedad paralizada.

Cuando ya se ha creado el concepto de posverdad, verdades paralelas o híbridas, es que estamos siendo víctimas y esclavos de las leyes del mercado

El eslogan, si me lo permiten los mercadólogos, cuenta que ser feliz equivale a que no me importa el mundo que me rodea porque si me importa dejo de ser feliz. Ante esta propuesta surgen campañas enteras para atraer a los consumidores a devorar no solo dietas, sino también neurohormonas y proteínas. Un engaño sináptico que tiene un precio: el cerebro se acostrumbra a no hacer la tarea sin el fármaco y, peor aún, a efectuarla con un fármaco que disminuye la libido.

De alguna manera, es una buena metáfora para recordar que el deseo sexual humano va de la mano de la lucha por la supervivencia y el arte y el ingenio dependen de resolver los problemas aparecidos en el camino, y no la complacencia de eliminarlos ante el tótem creado en el mercado de “Sé feliz y olvidate del mundo”, que ha extendido el rango del consumo a edades que van desde los 4 años hasta los 90, dándole la prioridad al atractivo sexual sobre otros pilares de la personalidad humana, construyendo imágenes que, muy lejos de la lucha, con su carga de posible enojo, coraje y tozudez, buscan la autocomplacencia.

Placer. Escenas de mujeres comprando, corriendo, enamorando; escenas de hombres comiendo, entrenando, viajando. Niños metidos y niñas metidas a grandes y hombres metidos a pequeños y mujeres metidas a pequeñas sin mostrar mayor espíritu que el de la compra.

El transexualismo no se salva de esta condena esclavizadora de la complacencia, cuando hace creer que el lado sexual de la vida es la píldora que remedia todos los males. Las sociedades líquidas, híbridas, son también hijas de la complacencia. Sociedades que, paradójicamente, por un lado fomentan el atractivo sexual y, por el otro, lo inhiben. Sexualizarse sin el arrojo biológico no es posible. Es una fantasía más.

¿Por qué llamar esclavitud a la complacencia? Cuando la complacencia desborda los límites de la identidad y moldea las mentes mediante campañas que ocultamente van dirigidas a la glándula pineal, a la emocionalidad y la mímesis sináptica es que estamos siendo objeto de esclavitud.

Cuando nos han hecho creer que la felicidad es una experiencia placentera, que no tiene que ver con la capacidad de transformación y los logros del ser humano, es que estamos siendo objeto de moldeo cognitivo y, por lo tanto, de esclavitud.

Redes sociales. Cuando las redes nos engañan, utilizan nuestros datos y los venden y a cambio nos dan otros que producen y compran como la mejor de las ficciones para engañar nuestro poder de decisión, es que somos esclavos.

Cuando ya se ha creado el concepto de posverdad, verdades paralelas o híbridas, es que estamos siendo víctimas y esclavos de las leyes del mercado.

Esclavos de la complacencia. Producir placer o satisfacción en una persona. Satisfacer un deseo en alguien, según el diccionario Google, parece ser el motor de cada vez más personas que ven con muy buenos resultados estas formas de conducirse. Seducir, halagar, lisonjear, venderse, venderse, consumir y consumir. Todas tácticas del mercadeo que pasan a ser practicas sociales.

“Queda bien y sé feliz” es la trama de una novela sin trama. Una novela que se convierte en un culebrón de consumo masivo en donde nunca se presentará la dialéctica de la lucha, la catarsis del esfuerzo o la trasformación de las fuerzas gracias a los logros humanos.

Un mundo ideal. Esclavos de la complacencia donde todos nos gustamos, somos amigos, nos queremos y nos parece maravilloso todo lo que estamos haciendo en esa burbuja de redes, mientras gana terreno la parálisis de un mundo sordo, resentido por ignorante, miedoso por acomodadizo e irreflexivo por inmediatista. Un mundo que ve nacer verdaderos monstruos en sus aguas estancadas.

No hay que olvidar que la filosofía se crea a partir del pensamiento incómodo, las sociedades avanzan gracias al pensamiento incómodo, los diseños nuevos aparecen gracias a la solución de problemas. Si no hay problemas, no hay nuevos diseños. Si solo se complace, si solo se acomoda y se conforta, así será la mente: cómoda, confortable, placentera y terriblemente pasiva.

Mentes aborregadas tomándose fotos mientras hacen de la felicidad una cajeta de opio, no es un buen futuro para nadie que habite un planeta lleno de basura, de obsolescencia y odio. Prefiero enseñar los dientes cuando es necesario.

La autora es escritora.