Armando González R.. 19 septiembre

Una niña cartaginesa tiene miedo de salir a la calle y rehúsa vestir enaguas. Salió a pasear en bicicleta y fue testigo de la agresión cometida contra su madre por un cobarde, devaluado al punto de abusar de una mujer indefensa para imaginarse dotado de poder. La enfermiza ilusión se la disipó la víctima confrontándolo. Para intimidarla, sacó un puñal. Luego, emprendió la fuga, temeroso de enfrentar al esposo llamado a gritos.

La niña, atemorizada, habría sido una barrera infranqueable para un sujeto un ápice menos depravado. Tampoco lo inhibió el coche donde yacía el hermanito de seis meses. Solo la posibilidad de verse enfrentado en igualdad de condiciones lo hizo cesar el ataque. Mil veces cobarde.

Otro tanto puede decirse de la escoria que pasó en auto al lado de una ciclista para toquetearla al amparo de la sorpresa y la velocidad del vehículo, afortunadamente filmado por cámaras de seguridad, como sucedió en el caso de la joven madre cartaginesa. Hay suficientes elementos de identificación para dar con el depravado de Cartago, como los hubo para localizar a los agresores de la ciclista.

Hace apenas un par de meses, el Congreso debatía sobre la ley contra el acoso sexual callejero, un nuevo instrumento para combatir las frecuentes agresiones contra mujeres en los sitios públicos. Entre los tocamientos descritos y la frase o el gesto obsceno o perturbador hay una gran distancia, pero es fácil recorrerla si la ley tolera estos últimos.

La agresión sexual debe ser combatida en todas sus manifestaciones, comenzando por la mera verbalización. A lo largo del debate sobre la ley de acoso callejero hubo frecuentes críticas, casi siempre formuladas en clave de chota, contra la supuesta “criminalización” del piropo, pero lo criminalizado es la agresión, a menudo valida del supuesto requiebro para manifestarse con hipócrita alevosía.

Los autores de los abusos referidos incurrieron en delitos más graves, castigados con mayor severidad, especialmente el pervertido de Cartago, quien echó mano del puñal para intimidar a la víctima. Hasta ahí se llega cuando no hay freno para conductas menos lesivas que se normalizan al punto de imponer arbitrariamente a las víctimas la “obligación” de tolerar y al victimario la “libertad” de imponer su voluntad. Para erradicar ese vicio, se aprobó la ley contra el acoso sexual callejero. Es preciso aplicarla para reconstruir, desde lo más básico, el derecho de las niñas a salir sin temor a la calle.

agonzalez@nacion.com