Armando González R.. 2 marzo

El 2 de setiembre del 2018 doscientos años de historia y cultura brasileñas se redujeron a cenizas. La colección del Museo Nacional, en Río de Janeiro, creció a lo largo de dos siglos y desapareció en pocas horas, pese al empeño del cuerpo de bomberos y empleados del centro cultural cuya jornada había concluido horas antes, sin sospecha de la conflagración a punto de desatarse.

El piso del palacio del parque de Boa Vista era de madera y muchos objetos albergados en él también eran fácilmente combustibles. Cualquier parecido con el Teatro Nacional de Costa Rica, sus telones, muebles y palcos es totalmente intencionada. Tampoco es inocente señalar la relación directa entre el siniestro brasileño y la falta de financiamiento de medidas urgentes de prevención.

El presupuesto del museo donde se atesoraban 20 millones de piezas sufrió reducciones paulatinas a lo largo de años. El riesgo era obvio y las autoridades culturales pidieron al Banco Nacional de Desarrollo un préstamo para mantenimiento. Parte del dinero desembolsado dos meses antes de la conflagración iba a ser utilizado para actualizar el equipo contra incendios, pero no hubo tiempo.

El Teatro Nacional gestiona, desde hace años, recursos para conservación y prevención. El Banco Centroamericano de Integración Económica (BCIE) aprobó un crédito por $31 millones y está listo para desembolsarlo cuando la Asamblea Legislativa avale el endeudamiento.

Mientras la burocracia sigue su curso, el inmueble ha sobrevivido dos conatos de incendio, uno en el primer piso y otro encima del gran candelabro. A diferencia del museo brasileño, los percances ocurrieron en horas hábiles y los funcionarios del Teatro lograron controlarlos, pero unas horas más o menos pudieron causar una tragedia.

La Asamblea Legislativa declaró el Teatro símbolo nacional del patrimonio histórico arquitectónico y libertad cultural. El título, sin duda merecido, podría ser un epitafio si el mismo Congreso deja pasar el tiempo. Las necesidades más urgentes, como el nuevo sistema eléctrico, los mecanismos contra incendios y la mecanización de la tramoya están directamente relacionadas con la protección del patrimonio y de la vida humana.

Ambos son irremplazables y justifican la celeridad de las decisiones, en nada incompatible con la más estricta supervisión del destino de tan cuantiosos fondos públicos. Es necesario gastar rápido y gastar bien. Las dos tareas están a nuestro alcance.

Armando González es editor general del Grupo Nación y director de La Nación.