Armando González R.. Hace 6 días

En el momento cumbre de satisfacción por la respuesta oficial a la pandemia, una encuesta registró la dramática recuperación de la imagen presidencial y preocupó a las fuerzas políticas empeñadas en conquistar el poder en el 2022. No había motivo de alarma. Es difícil salir airoso de la doble crisis —sanitaria y económica— desencadenada por el virus. Carlos Alvarado puede cumplir sus deberes con responsabilidad y esperar el juicio de la historia, pero difícilmente saldrá en hombros de su dura faena.

No obstante, los temores alborotaron los peores instintos. Resurgió la idea del cadáver político del adversario como piedra de toque de toda victoria electoral. En consecuencia, el papel de la oposición es lograr el fracaso del gobierno y lo demás es colaboracionismo. Es una lógica perversa, pero, en tiempos del bipartidismo, no estaba divorciada de la realidad.

Cuando la única opción en las siguientes elecciones era el PLN, tenía sentido para los liberacionistas procurar el fracaso del gobierno socialcristiano y viceversa. Pero la fragmentación de las fuerzas políticas y el debilitamiento de los partidos pusieron fin a aquella predictibilidad.

En el 2014, nos sorprendió primero el Frente Amplio y, después, un candidato elegido en la convención más deslucida de la historia, cuya publicidad electoral suplicaba: “Conózcame”. Cuatro años más tarde, no sabíamos si el nuevo mandatario sería un cantante religioso, sin formación ni experiencia, o el imposible candidato del gobierno anterior, demasiado joven y salido de las filas de una administración deficiente, para no juzgarla con severidad.

La lógica de las tácticas del bipartidismo dejó de funcionar porque, en las condiciones actuales, es imposible predecir dónde desembocarán. El fracaso del gobierno de turno no implica, como antaño, el regreso al poder del PUSC o Liberación. Es una lotería donde no hay seguridad, siquiera de un vencedor identificado con los principios democráticos. Rondan los populistas de todo cuño y los procesos recientes impiden descartar la posibilidad de un error con graves consecuencias.

Esa realidad llama a la reflexión, especialmente a los partidos tradicionales, cuya suerte está estrechamente ligada a la preservación del sistema, lo cual, dicho sea de paso, es un mérito, no una mancha. Con un gobierno podría también hundirse la democracia y, para seguir con la incertidumbre, es absolutamente impredecible la duración de un impasse autoritario y el daño institucional resultante.

agonzalez@nacion.com