Armando González R.. 13 octubre

Al gobierno de Luis Guillermo Solís se le puede acusar de fingir muchas cosas, pero no la falta de fondos para pagar los aguinaldos en diciembre y, poco después, los salarios del sector público. Al exmandatario se le puede criticar por el tono con que anunció la crisis de liquidez del Estado, pero no por faltar a la verdad en ese momento.

Solís llegó al 8 de mayo mediante contorsiones y malabarismos, dejando a su sucesor escaso margen de maniobra. Carlos Alvarado tampoco finge la falta de recursos, hoy mucho más grave. Trató el tema con tanta serenidad como le fue posible, pero permitió la emisión de letras del tesoro para enfrentar la urgencia.

Todos están en espera de conocer el destino del plan fiscal y la voluntad de enmienda

La ministra de Hacienda y el presidente del Banco Central optaron por el inusual recurso para no pagar los “obscenos” intereses exigidos a Costa Rica por el mercado financiero. Más del 13 % pedían los inversionistas para prestar a corto plazo. El gobierno no lo fingió, es cierto.

La aceptación de la oferta habría tenido efectos inmediatos sobre las tasas de interés y el crecimiento de la economía, del cual dependen los ingresos del Estado. La ministra de Hacienda no finge cuando lamenta la caída de ¢300.000 millones en la recaudación de este año. Eso no se recupera a golpe de elevar impuestos. Más bien, hay razones para temer el impacto del plan fiscal sobre la ralentización de la economía. El país no puede dejar de asumir el riesgo, pero debe cuidarse de no caer en la imprudencia de ignorar los límites de una política fiscal compatible con el crecimiento.

La “obscena” propuesta del mercado financiero confirma la gravedad de las finanzas públicas. Los inversionistas perciben riesgo y exigen al Estado compensarlo mediante la elevación de las tasas. Además, desconfían de una recuperación oportuna. Por eso, solo están dispuestos a prestar a corto plazo. Un poco más allá, estiman, la presión crecerá y podrán reinvertir los mismos fondos a tasas aun mayores.

Las calificadoras de riesgo acompañan a los inversionistas en sus especulaciones fundadas en la realidad, no fingidas. Todos están en espera de conocer el destino del plan fiscal y la voluntad de enmienda. La calificación nacional viene cayendo. Nadie lo finge, es completamente cierto, tanto como las consecuencias.

La realidad nos alcanzó. Venía detrás, rezagada en virtud del creciente endeudamiento. Cada vez será más difícil fingir y más graves las consecuencias de hacerlo. Es hora de hablar en serio.

Armando González es editor general del Grupo Nación y director de La Nación.