Armando González R.. 22 diciembre, 2018

El Departamento del Interior de los Estados Unidos está a punto de permitir la extracción de gas y petróleo en el enorme e impoluto refugio silvestre del Ártico, en Alaska. Promete proteger la vida salvaje, pero no hay forma de cumplir la palabra empeñada. Mucho podría hacer para impedir la perturbación inmediata del ambiente, pero, si el objetivo es proporcionar combustibles baratos a la industria y el transporte, el daño es inevitable.

No puede ser más evidente la contradicción entre esos objetivos y las nuevas políticas gubernamentales de Brasil y los Estados Unidos

A la luz de las conclusiones del Panel Intergubernamental de las Naciones Unidas sobre el Cambio Climático, ni siquiera se puede creer en perjuicios a largo plazo. El peligro de los gases de efecto invernadero es mucho más inmediato.

Mientras los Estados Unidos procuran contaminar a precios módicos, Brasil promete maximizar las ganancias del “aprovechamiento” de tierras vitales para la fijación del carbono. El presidente Jair Bolsonaro eliminará las contradicciones entre conservacionismo y desarrollo con un solo golpe de genio: fusionará los ministerios de Ambiente y Agricultura.

Fin de la discusión. Amplísimas extensiones de la Amazonia estarán a disposición del progreso hacia los daños irreversibles previstos por la comisión intergubernamental de científicos, según cuyo criterio superar 1,5 °C de incremento en la temperatura del planeta aumenta el riesgo de cambios profundos o irreversibles, como la pérdida de algunos ecosistemas, en las próximas décadas.

Según los científicos, las emisiones de carbono deberán caer en un 45 % de aquí al 2030 para limitar el calentamiento a 1,5 °C, y el mundo necesita alcanzar la carbono-neutralidad en el 2050. En otras palabras, la humanidad deberá encontrar la forma de no emitir más carbono del que se retira de la atmósfera.

No puede ser más evidente la contradicción entre esos objetivos y las nuevas políticas gubernamentales de Brasil y los Estados Unidos. Para encontrar sentido a las decisiones políticas de los gigantes ubicados en los extremos del hemisferio, solo hay dos vías: la negación de la ciencia o una criminal indiferencia a la suerte de las generaciones futuras, incluyendo buena parte de los ya nacidos, que de alguien son hijos y nietos.

Los expertos de la ONU claman por una rápida transición, cuya magnitud no tiene precedentes, para reducir los gases de efecto invernadero. No lo piden con optimismo, porque mandan en sus laboratorios, no en el Palácio do Planalto ni en la Casa Blanca. ¡Dios nos agarre confesados!

Armando González es editor general del Grupo Nación y director de La Nación.