Columnistas

Entre líneas: Mentiras obcecadas

Con la repetición, la falsedad no solo se difunde, también se fortalece tomando prestada la autoridad del difusor

La mentira viaja rápido, dicen los estudios. La verdad es más lenta y llega cuando la falsedad tuvo tiempo de afincarse. Si la abona el respaldo de personas con autoridad, la mentira resiste más que la mala hierba. Gobernantes y ciudadanos con influencia tienen la grave responsabilidad de ser fieles a los hechos. El mismo cuidado les es exigible cuando informan y cuando difunden datos procedentes de terceros. Diseminar una falsedad nunca es un acto inocente, aunque el autor sea otro.

Con la repetición, la falsedad no solo se difunde; también se fortalece tomando prestada la autoridad de su difusor. Según los investigadores, los usuarios de las redes sociales se inclinan por dar crédito a las informaciones remitidas por familiares y amigos. Con más razón creen lo dicho por personalidades de la vida pública, especialmente si son de sus simpatías. El fenómeno es cada vez más frecuente en nuestro país, donde las mentiras se cuelan en el debate público y echan raíces difíciles de erradicar. La manifestación más reciente es el supuesto «desenmascaramiento» de la administración de Carlos Alvarado por la misión negociadora del Fondo Monetario Internacional (FMI).

Repetida por diputados, sindicalistas y otras personas con posibilidad de influir, la mentira atribuye al gobierno haber dicho que el FMI exigió ajustes específicos. El propósito, dicen, era lavarse las manos y no asumir responsabilidad por las medidas, pero el Fondo aclaró que no impone soluciones y todo quedó al descubierto.

El incidente sería vergonzoso si fuera cierto. El gobierno nunca dijo lo que se le atribuye y los hechos lo demuestran. La ley de empleo público es un compromiso adquirido cuando se aprobó la reforma fiscal del 2018; la primera propuesta de estabilización de Alvarado (nadie dijo que del FMI) fracasó en setiembre y la administración convocó un diálogo para definir otros planteamientos con el fin de someterlos a consideración del Fondo, no para ratificar sus supuestas exigencias. Los diálogos no fructificaron y, entonces, el gobierno anunció alternativas muy suyas, sin atribuírselas a nadie más.

Pero los hechos no importan. La mentira echó raíces y es difícil convencer a los afectados (infectados) mientras la repitan personas con autoridad o afines a sus prejuicios, a quienes eximen de demostrar su dicho. Si fuera cierto, no debería serles difícil encontrar una publicación donde el mandatario atribuye la autoría de las reformas al FMI.

agonzalez@nacion.com

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