Armando González R.. 4 julio

En sus 14 años de mandato, Hugo Chávez redujo la pobreza en 19 puntos porcentuales. Mientras lo hacía, sembraba el empobrecimiento generalizado de la actualidad. Casi el 59 % de los hogares venezolanos carece de medios para comprar alimentos y el 65 % no tiene acceso a artículos esenciales de higiene, ropa y calzado, según el Programa Mundial de Alimentos de las Naciones Unidas (WFP).

A man, equipped with a protective face mask as a precaution against the spread of the new coronavirus, waits to receive a free meal at a church in The Cemetery neighborhood of Caracas, Venezuela, Friday, May 22, 2020. The number of people who come looking for food at the church has increased in quarantine. (AP Photo/Ariana Cubillos)
A man, equipped with a protective face mask as a precaution against the spread of the new coronavirus, waits to receive a free meal at a church in The Cemetery neighborhood of Caracas, Venezuela, Friday, May 22, 2020. The number of people who come looking for food at the church has increased in quarantine. (AP Photo/Ariana Cubillos)

La ineptitud de Nicolás Maduro está más allá de toda sospecha, pero el deterioro económico no es su responsabilidad exclusiva. Viene de las políticas de Chávez. La simple repartición, sin reparar en la producción, conduce a la pobreza. El caudillo no solo destrozó el sector privado, reemplazándolo por otro, incompetente y privilegiado, nacido de las entrañas del régimen. También presidió sobre el deterioro de la principal fuente de ingresos del Estado venezolano, la petrolera PDVSA.

Mientras repartía las rentas del petróleo, Chávez privó a la empresa estatal de su liderazgo más avezado y permitió el deterioro del aparato productivo. Venezuela produce hoy menos petróleo, a precios más bajos. Ya no hay de lo que Chávez repartía en su país y en toda la región. Se acabó el sainete de Petrocaribe, estandarte de la política exterior del socialismo del siglo XXI y puntal de la Alianza Bolivariana para los Pueblos de América.

People wear face masks as a preventive measure against the global COVID-19 coronavirus pandemic as they wait to collect water from a street pipe in Caracas, on March 27, 2020. - Venezuela is facing the novel coronavirus pandemic while suffering a major gasoline shortage and with the country's water system collapsed, which has left many homes without running water. (Photo by Cristian Hernandez / AFP)
People wear face masks as a preventive measure against the global COVID-19 coronavirus pandemic as they wait to collect water from a street pipe in Caracas, on March 27, 2020. - Venezuela is facing the novel coronavirus pandemic while suffering a major gasoline shortage and with the country's water system collapsed, which has left many homes without running water. (Photo by Cristian Hernandez / AFP)

Tampoco hay en Venezuela una economía impulsada por la iniciativa privada y el deterioro sufrido por PDVSA también es evidente en la infraestructura, incluidos la generación eléctrica, el suministro de agua potable y los servicios de salud. La farsa siempre fue obvia y el fracaso, anunciado. La muerte bajó a Chávez del tren y su designado, Nicolás Maduro, subió sin posibilidad de alterar el rumbo.

Venezuela no sería el primer país en alcanzar el bienestar por la vía de la repartición y de espaldas a la producción. Ninguno lo ha hecho. Los que mejor reparten, como los escandinavos, también reclaman los primeros lugares entre los proveedores de mejor ambiente para hacer negocios. Dinamarca, Noruega y Suecia casi siempre figuran entre los primeros diez.

Poco importan los buenos y malos ejemplos. En la política nacional abundan los apóstoles de la repartición. Se caracterizan por desconocer la existencia de una frontera tributaria más allá de la cual se desincentiva la producción y se pierde la capacidad de competir. Creen posible extraer siempre un poco más para alimentar al Estado, agente de la repartición, no facilitador de la creación de riqueza.

agonzález@nacion.com