Armando González R.. 15 junio, 2019

Ver a una o varias parejas de lapas partir el cielo con sus colores, comenzando por un rojo reacio a la comparación, es una experiencia estética extraordinaria. En tierra, la sensibilidad más basta no puede dejar de conmoverse ante los árboles cuajados de ejemplares de la misma especie a lo largo del Pacífico central.

Capturar la belleza de una lapa es imposible. Enjaulada, con alas recortadas para impedir el vuelo, la transformación es inevitable. Solo en la naturaleza brilla a plenitud el amarillo colindante con el rojo de la proa. El remate en azul, antes de la reaparición del rojo en la cola, pierde sentido si no armoniza con los tonos pastel del firmamento ni compite con el verdor de los árboles.

Pero la diferencia entre el genio y la estupidez, decía Einstein, es que el primero tiene sus límites. La absurda pretensión de enjaular la belleza diezma la población de lapas en la naturaleza, único marco apto para su lucimiento. No eximo a los ladrones de nidos, ni por ignorancia ni por pobreza, pero coincido en reservar la más severa condena para los compradores.

La merecen, primero, por estúpidos y pretenciosos. El vano intento de secuestrar la belleza de un animal silvestre inevitablemente exhibe el mal gusto del carcelero. En la jaula, nunca cabe un ápice de sensibilidad o refinamiento. Por definición, son vitrinas para las deficiencias espirituales del propietario.

Pero condenable no significa irredimible. Un llamado al pudor podría avivar la reflexión de más de un carcelero. Si no, queda el recurso de la denuncia. Uno y otro camino exige valor de quienes comprenden la diferencia entre una lapa en libertad y un ave forzada a ser doméstica.

Christopher Vaughan es una de esas personas. Vino a Costa Rica desde su natal Estados Unidos y desarrolló aquí una fructífera vida de investigación y docencia. Invirtió años en la recuperación de las poblaciones de lapas en el Pacífico y, si ya no son raras, es preciso agradecérselo. También a su equipo, entre los cuales no faltan antiguos depredadores de nidos, ligados hoy a la causa conservacionista por firmes nexos de conocimiento científico.

El viernes, Vaughan me escribió alarmado por un nuevo embate de ladrones de nidos y polluelos. Al mensaje lo acompañan conmovedoras fotografías de lapas cautivas, como nunca querríamos verlas. Las imágenes, contrastadas con recuerdos recientes de aves en libertad, obligan a poner el grito en el cielo, destino irremplazable de las lapas.

Armando González es editor general del Grupo Nación y director de La Nación.