Armando González R.. 15 septiembre

En poco más de dos días, una depresión tropical se volvió, el año pasado, en el devastador huracán María. Hizo estragos en el Caribe, especialmente en Puerto Rico, donde causó 2.975 muertes y $92.000 millones en daños materiales. Los vientos alcanzaron 280 kilómetros por hora y ubicaron el fenómeno en la más alta categoría de la escala utilizada por los meteorólogos, la quinta.

La historia registra huracanes de igual o mayor intensidad, pero María se distingue por la rapidez de su desarrollo. El paso de depresión tropical a huracán de categoría 5 en 48 horas tiene precedentes, pero no es un fenómeno usual. O no lo era. En la actualidad, el aumento de la temperatura marina alimenta tormentas más súbitas, intensas y peligrosas. El huracán Florence saltó de la categoría 1 a la 4 entre el domingo y el lunes pasados.

Así como la ciencia piensa en redefinir escalas para responder a huracanes de intensidades y frecuencias poco usuales, otros fenómenos climáticos novedosos obligan a inventar términos aptos para describirlos

Una información de Chris Mooney, del Washington Post, ahonda sobre las tormentas instantáneas y las proyecciones de su creciente frecuencia. En la comunidad científica, afirma, ya comenzó el debate sobre la posibilidad de añadir una categoría más a la escala de cinco. Los huracanes alcanzan la más alta categoría con unos 253 kilómetros por hora, muy por debajo de las velocidades de fenómenos como María y Florence, para no hablar de Patricia, cuyos vientos de 338 kilómetros por hora se desataron sobre el Pacífico en el 2015.

Así como la ciencia piensa en redefinir escalas para responder a huracanes de intensidades y frecuencias poco usuales, otros fenómenos climáticos novedosos obligan a inventar términos aptos para describirlos. Las “inundaciones de día soleado” se presentan en cualquier momento y en Charleston, Virginia, las mareas causantes del fenómeno se filtran en el alcantarillado de la ciudad hasta sacar su contenido a la superficie.

Un poco más al norte, en Norfolk, los cambios van más allá de la terminología o el debate sobre la utilidad de los parámetros tradicionales. La nueva realidad se manifiesta en el terreno, donde las autoridades instalaron marcadores para ayudar a los conductores a calcular si sus autos pueden atravesar lagunas de súbita aparición.

Cabe, pues, preguntarse cómo, si nos vemos obligados a cambiar el lenguaje, las escalas y hasta el paisaje para adaptarlos a las variaciones del clima, todavía hay sectores resistentes al cambio de mentalidad.

Armando González es director de La Nación y editor general del Grupo Nación.