Armando González R.. 22 diciembre, 2019

Periódicamente, los integrantes de la Asociación de la Tierra Plana (Flat Earth Society) se congregan en lujosos hoteles para profundizar conocimientos sobre una de las ideas más estúpidas de nuestros tiempos. Rechazan el heliocentrismo y la esfericidad del planeta, pero tiene respuesta para una de las dudas más espeluznantes del Medievo: no hay peligro de despeñarse por los bordes porque la Antártida forma una barrera de hielo alrededor del disco plano creado por la Providencia para nuestro disfrute.

Una rápida búsqueda en Internet asombra por la cantidad de adherentes a la teoría (stultorum infinitus est numerus). Uno de los más exquisitos placeres de la imbecilidad es creerse poseedor de un conocimiento particular, que eleva al iluminado por encima de las multitudes crédulas e ignorantes.

También hay gozo en la astucia de derribar los fundamentos del error generalizado. Los proponentes de la teoría de la Tierra plana ven en su versión del escepticismo una prueba de inteligencia. A sus ojos, las imágenes de la Tierra conducentes a acreditar su esfericidad son producto de la tecnología digital, representaciones artísticas de la cosmología tradicional o fotografías distorsionadas con grandes angulares, conocidos como ojo de pez.

La agencia espacial estadounidense (NASA) está entre las entidades empeñadas en embaucar a la humanidad por razones todavía bajo investigación. No sería extraño si al final del camino descubrimos una conspiración de la CIA y del Vaticano, financiada por la fortuna de los Rothschild.

Los iluminados se reúnen en centros de convenciones y en el ciberespacio para obtener validación de sus pares y ofrecerles aliento en la lucha contra la ignorancia. Son muchos, pero se saben en minoría. Por lo general, sus tesis reciben por comentario una sonora carcajada.

Cabe preguntar por qué no sucede lo mismo frente a la negación de la crisis climática. Los gozos de la estupidez, en este caso, incluyen el incentivo económico. Para muchos, la ganancia justifica el empeño en creer tonterías frente al torrente de evidencia emanada de los más prestigiosos centros de estudio. Si no las creen, vencen toda barrera moral para fingirlo.

Puestos a encontrar diferencias entre ambas manifestaciones de menosprecio a la ciencia, una viene a la mente: la tesis de la Tierra plana es relativamente inofensiva, pero la negación de la crisis climática amenaza la vida en nuestra maravillosa esfera móvil.

agonzalez@nacion.com

Armando González es editor general del Grupo Nación y director de La Nación.