Armando González R..   30 mayo

Los meteorólogos apenas tuvieron tiempo de poner nombre a la tormenta tropical Bertha. Dos horas después del bautizo, se estrelló contra las costas de Carolina del Sur con vientos de unos 80 kilómetros por hora. El súbito desarrollo de la tormenta recuerda los huracanes de los últimos dos años, con creciente tendencia a intensificarse de pronto, como ocurrió con Harvey, Irma, María, Florence y Michael.

Cuando sucede cerca de las costas, la rápida intensificación es un grave peligro para vidas y bienes. Los científicos describen el fenómeno como un aumento de 56 kilómetros por hora o más de los vientos en el plazo de 24 horas. En años recientes, sucede con inusitada frecuencia y los meteorólogos lo atribuyen al calentamiento de las aguas producto del cambio climático.

Bertha tiene otra extraña característica, también distintiva de nuestros tiempos. La temporada de huracanes comienza mañana y es raro ver tanta actividad antes del inicio. Este año, Bertha ya es la segunda tormenta tropical y, desde 1900, solo hubo cinco años con dos fenómenos merecedores de nombre antes del comienzo de la temporada. Para mayor testimonio de la influencia del cambio climático, tres de esos cinco años inusuales ocurrieron a partir del 2012.

Pensar en un huracán devastador, encima del terrible daño del coronavirus, debe poner a temblar a todo el Caribe, incluida Costa Rica. Desafortunadamente, los pronósticos para este año fundamentan el temor. La National Oceanic and Atmospheric Administration (NOAA) de los Estados Unidos estima en un 60 % las posibilidades de una temporada intensa; en un 30 %, las de una temporada normal; y en un 10 % la posibilidad más benigna.

Mientras tanto, al otro lado del Atlántico, se anuncia la suspensión de la cumbre sobre cambio climático por celebrarse este año en Glasgow. La posposición del encuentro por la pandemia de la covid-19 implica la pérdida de valiosísimo tiempo en la lucha ambiental y la probable adopción de planes de recuperación económica desligados de toda preocupación por la crisis climática.

La reactivación sobre esas bases es mal negocio. Basta con repasar los daños sufridos a manos del clima en años recientes. No se trata tan solo de los huracanes, cada vez más feroces, sino también de las sequías que ya impiden cultivar vastas regiones agrícolas centroamericanas e impulsan a sus habitantes a migrar a la ciudad o al extranjero, como sucede en Honduras. Ya no hay margen para insistir en la estrategia equivocada.

agonzalez@nacion.com

Armando González es editor general del Grupo Nación y director de La Nación.