Armando González R.. 19 octubre

La industria de los hidrocarburos quema enormes cantidades de gas natural para aliviar la excesiva presión en las tuberías de sus campos de extracción. En otros casos, simplemente libera el gas en el aire. Tanto las eternas llamas de las instalaciones industriales como la menos perceptible inyección del exceso en la atmósfera, contribuyen significativamente al efecto invernadero.

La economía basada en hidrocarburos es incompatible con la vida en el planeta. Ayer, fue el camino al desarrollo, y hoy es la vía a la extinción. Es una ruta irracional, pero el sinsentido se magnifica si consideramos las dañinas ineficiencias del combustible fósil como fuente de energía.

El desperdicio es sorprendente. El año pasado, un solo yacimiento en Texas desaprovechó más gas natural con la liberación y quema de excesos que el consumo total de gran número de países. Un artículo del New York Times compara el desperdicio con la cantidad utilizada a lo largo de un año en los estados de Arizona y Carolina del Norte, cuyas economías son varias veces más grandes que la costarricense y dependen en gran medida del gas natural, a diferencia de nuestro país.

En ocasiones, el desperdicio ocurre porque una caída del precio reduce la rentabilidad al punto de hacer del desecho una opción preferible a la comercialización. El gas natural es un combustible más limpio que el petróleo, pero menos rentable. A menudo se le trata como un mero subproducto de la extracción de crudo.

Si el petróleo fuera, por su parte, un combustible verdaderamente eficiente, las regulaciones encaminadas a mejorar el rendimiento de los motores de combustión apenas tendrían sentido. La industria automovilística ha conseguido avances a lo largo de décadas, mas todo apunta a que seguirá lejos del óptimo aprovechamiento cuando la electricidad se haga cargo del transporte.

Esa feliz fecha se ha venido adelantando a paso acelerado. La caída en el precio y los avances tecnológicos de las baterías obligaron a los analistas de la industria automotriz a revisar sus pronósticos sobre la fecha de encuentro del precio del auto eléctrico y el de combustión. Apenas faltan tres años, según estudios publicados por Bloomberg.

Lo racional es acelerar el desarrollo de las nuevas tecnologías en lugar de insistir en el dañino desperdicio de los hidrocarburos, cuyos años están contados. En eso deben pensar los países, sin excepción. El nuestro, por fortuna, lo ha venido haciendo.

agonzalez@nacion.com

Armando González es editor general del Grupo Nación y director de La Nación.