Armando González R.. 18 agosto

El hambre disminuyó en el mundo un 25 % en el último cuarto de siglo, según estadísticas de las Naciones Unidas. Es un dato esperanzador, pero de la misma fuente surge ahora la desesperanza. Expertos de la organización mundial advierten sobre los peligros planteados por la sobreexplotación de recursos y el cambio climático para el abastecimiento alimentario.

Más de cien expertos de 52 países manifestaron la preocupación en un informe en el cual concluyeron, además, que hay poco tiempo para enderezar el rumbo. La desertificación afecta zonas habitadas por 500 millones de personas y el suelo agrícola se pierde a un ritmo entre diez y cien veces superior al de la regeneración. Las sequías e inundaciones, cada vez más frecuentes, agravan el problema.

Un 10 % de la población mundial padece desnutrición y las carestías anunciadas extenderán la hambruna e impulsarán a sus víctimas a emigrar. Ya está sucediendo y no es necesario ir demasiado lejos para encontrar ejemplos. Parte de la migración hondureña a los Estados Unidos es producto del cambio climático. Las fincas, donde las lluvias se adelantan para tumbar la flor del café y luego dejan de caer para negar sustento a las matas, quedan abandonadas y sus cultivadores emprenden el camino hacia el norte.

Cynthia Rosenzweig, investigadora del Instituto Goddard de Estudios Espaciales de la NASA, en declaraciones al New York Times, advirtió sobre la posibilidad de una crisis alimentaria simultánea en varios continentes. La científica es una de las principales autoras del informe de las Naciones Unidas.

Hay poco tiempo, según los investigadores, para evaluar el uso de la tierra y las prácticas agrícolas mundiales, así como los hábitos de consumo. Según la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación (FAO), la tercera parte de los alimentos se desperdicia o se pierde por prácticas comerciales e individuales insostenibles. Alimentos de alto valor nutritivo se descartan por no tener la forma, tamaño o color exigidos por los mercados y grandes cantidades se pierden por mal manejo, transporte, falta de refrigeración y otros factores.

Aparte del aprovechamiento de la comida, es preciso disminuir el consumo de carnes y aumentar la productividad de otros alimentos. En ese punto, entra en juego el obstáculo del cambio climático. Ojalá nos decidamos todos a reconocerlo. La desertificación, la pérdida de suelo agrícola y el aumento en el nivel del mar conspiran a favor del hambre. Las soluciones apremian.

agonzález@nacion.com

Armando González es editor general del Grupo Nación y director de La Nación.