Jorge Vargas Cullell. 9 septiembre

Pues sí: el mundo sigue girando igual que siempre, aunque, por andar todos muy enfrascados en la gran crisis de la pandemia, a veces pareciera que los demás problemas se han borrado del escenario, como si ignorarlos los condenara a la desaparición. Sin embargo, una cosa es no querer verlos y otra es que no estén allí, vivitos, coleando... y jodiendo.

Hoy me interesa volver la vista a una tragedia que ha perdido protagonismo, pero tiene graves implicaciones mundiales. Me refiero a la intensificación del ritmo de depredación de la selva amazónica debido a la deforestación y los incendios a gran escala.

Es una destrucción causada, en lo medular, por grandes productores agropecuarios, que ven en ella una manera fácil de apoderarse de grandes extensiones de tierra para así aumentar su producción y ganancias. Es, además, una destrucción tolerada y hasta azuzada por las máximas autoridades del gobierno brasileño, quienes, apegadas a un discurso nacionalista, afirman que Brasil tiene el derecho soberano de hacer lo que le ronque con la Amazonia.

Si el año pasado la devastación de este patrimonio natural originó un escándalo internacional, en el 2020 esta ha pasado casi inadvertida. Empero, todo apunta a que este año la pérdida de bosque, por incendio o deforestación, será aún mayor. Lo que pasa es que hoy andamos en otras y, al parecer, a muchos les bastan las medidas cosméticas que el gobierno brasileño anuncia mientras, por otro lado, pretende legalizar la ocupación irregular de 600.000 km² de tierras públicas en esta región.

¿Cuál es la importancia de esto que ocurre en tierras tan lejanas? La selva amazónica, que cubre millones de kilómetros cuadrados, es llamada el pulmón del mundo. Provee servicios ecológicos de gran valor, como producir oxígeno, y es un sumidero de dióxido de carbono (CO2), un gas que produce el efecto invernadero. Esos servicios ayudan a regular el clima: las temperaturas y los ciclos de lluvia y sequía, vitales para la producción, la vida social y la salud de miles de millones de personas alrededor del mundo. En cambio, los incendios forestales aceleran la producción de CO2, agravando las emisiones del consumo de energía fósil del transporte y la industria.

Conviene levantar la cabeza y mirar más allá de la pandemia. Tarde o temprano esta pasará, pero los problemas hoy desdeñados vendrán a pasarnos la factura.

El autor es sociólogo.