Jorge Vargas Cullell. 20 junio, 2018

Como soñar no cuesta nada, al menos por ahora, cuando no hay inteligencia artificial que los detecte y los cobre, ¿cuál sería ese sueño que uno quisiera se hiciera realidad? Unos dirán, imagino, pegarse la lotería, recobrar la salud –la propia o la de un ser querido-; los más altruistas imaginarán un invento para cambiar la historia universal, un mundo mejor o algo así; los de más allá, más ambiciosos, querrán poder y riquezas; los curiosos, entender cosas desconocidas… En fin, habría tantos sueños como personas o, quizás me equivoco, más sueños que personas.

Una opción deseable sería que en este país se redujera la tolerancia vergonzante a la pequeña corrupción que muchos practican

Tal vez, la pregunta es demasiado amplia y, por ello, irrelevante debido al campo infinito de posibilidades de sus respuestas. Si la reformulara y propusiera, como alternativa, la opción de un único cambio para Costa Rica, ¿cuál sería ese? Preciso aún más, me refiero a un pequeño cambio en la manera como convivimos los habitantes de este país que, llevándose a cabo, tendría el potencial de desencadenar transformaciones de gran escala en nuestro bienestar colectivo.

Viéndolo así, uno ya no pensaría en cosas, sino en modificaciones en los modos colectivos de ser o pensar. Una opción deseable sería que en este país se redujera la tolerancia vergonzante a la pequeña corrupción que muchos practican. Si bien la mayoría se indigna cuando un político, un burócrata o un empresario cobra o da comisiones por debajo de la mesa, o se roba la plata destinada a una obra pública, ven menos malo pagar a un policía de tránsito para evitar una multa, pasarle un billetillo al de la muni por un permiso o al señor de aduanas para pasar una mercadería.

Eso es un pecadillo venial, dirán miles, pues nadie es perfecto ni santo. Creo, en cambio, que menos tolerancia a esa corrupción traería grandes cambios: exigiríamos mejores servicios públicos y tendríamos a los vivazos a mecate corto. No se necesitan santos para eso.

Con todo, yo pediría, hoy, otra cosa: menos violencia en nuestras relaciones interpersonales. Nos estamos matando en las carreteras, en las familias y sitios públicos, y no es cierto que se trate solamente de ajustes de cuenta entre sicarios. La violencia está presente en los golpes, gritos, el matonismo y las descalificaciones entre parejas, jóvenes y niños que permean a toda hora nuestras casas y barrios.

Más paz aflojaría, sin duda, a una sociedad agarrotada por el miedo. Es un deseo, uno solo, pero que está en nuestras manos realizarlo.

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