Jorge Vargas Cullell. 9 enero

El fin de año recién pasado murió, en Ciudad de Guatemala, Edelberto Torres Rivas, pionero de las ciencias sociales en la región y el último gran pensador centroamericano del siglo XX.

Sus contribuciones a la historia intelectual del Istmo son múltiples y fundamentales: esa historia no puede comprenderse sin sus ideas; fue promotor y protagonista de la investigación social; y dejó una amplia huella como constructor de institucionalidad académica en la Facultad Latinoamericana de Ciencias Sociales (Flacso), el Consejo Superior Universitario Centroamericano (CSUCA) y el Instituto Centroamericano de Administración Pública (ICAP). Además, fue arquetipo del intelectual público, cuyas obras procuraban incidir sobre la deliberación y acción política.

Me da una gran pena escribir estas letras, cortas e incompletas. ¡Cómo me gustarían que fueran más justas también!

Edelberto fue parte de la generación de intelectuales latinoamericanos que elaboraron la teoría de la dependencia para explicar las relaciones entre los países desarrollados y subdesarrollados. Una teoría que, desde América Latina, puso a conversar al resto del mundo.

Los líderes de esa generación fueron pesos pesados como Fernando Henrique Cardoso, luego presidente de Brasil, Guillermo O’Donnell, Theotonio dos Santos, entre varios. Edelberto fue nuestro centroamericano en un grupo que articuló el estructuralismo de la Cepal, con la sociología de Max Weber y la teoría marxista, como alternativa al enfoque de la modernización que en los años sesenta dominaba la visión de gobiernos y organismos multilaterales.

En ese contexto, Edelberto publicó un libro de lectura indispensable: Interpretación del desarrollo social centroamericano (1971), en el cual se aplicó la teoría de la dependencia a la historia del Istmo. Mostró que las raíces del subdesarrollo y de las diferencias entre los países centroamericanos radicaban en su propia historia social, y no en supuestos rezagos culturales.

Conforme arreciaron los conflictos en la región, en los setenta y ochenta del siglo pasado, volcó su atención a los procesos políticos de la revolución y la contrarrevolución. Además, lideró una obra colectiva de enorme valor: la Historia general de Centroamérica (1989).

Me da una gran pena escribir estas letras, cortas e incompletas. ¡Cómo me gustarían que fueran más justas también! Siento un gran agradecimiento por su legado.

Murió en un mal momento para Centroamérica, cuando se desmoronan muchos de los avances por los que tanta sangre corrió.