Jorge Vargas Cullell. 22 mayo

Cayeron 1,6 toneladas de cocaína en Holanda, dentro de un contenedor con banano exportado de Costa Rica. Se dice fácil, pero piensen que eso es más o menos lo que pesa un carro de buen tamaño, o seis leones africanos bien grandes, con melena y todo. ¡En un solo envío! Y, agrego, ese fue el alijo que pescaron, pero no hay que ser un genio para concluir que varios han debido pasar sin ser detectados.

Hagamos unas matemáticas sencillas. Puesto en el puerto de Róterdam, un kilo de coca vale unos 25.000 euros. Por regla de tres, entonces, ese embarque son 40 millones de euros, lo que equivale, solo para derramar ceros, a unos ¢26.000 millones.

Tampoco, hay que decirlo, ayuda a la imagen de país serio salir diciendo que aquí todo se coordina, pero que al final igual nos meten el gol por la horqueta.

Por supuesto que apenas se dio la noticia —muy dañina para la reputación de nuestro país—, empezó la pasadera de bola entre quienes tienen alguna vela en el entierro. Se montó un verdadero tiquitaca a la hora de establecer la(s) responsabilidad(es) de que ese inmenso cargamento pasara, como un fantasma, por nuestra principal infraestructura de exportación. Ya deseara el Barça de Messi jugar de esa manera.

Procuro reconstruir el pasabola: la concesionaria del puerto por donde salió el “paquetillo” asegura que la culpa es del gobierno porque no tiene habilitado un centro de monitoreo. El Ministerio de Seguridad Pública contesta que ellos no son responsables; Comex y el MAG declaran que ese centro no forma parte de los compromisos de Gobierno, pero que Hacienda es la encargada del sistema de inspección no intrusiva y que esta es… de carácter voluntario.

Digamos, para ser finos, que este espectáculo dialéctico no contribuye a la solución del problema: que no nos vuelvan a pasar contenedores llenos de droga. Tampoco, hay que decirlo, ayuda a la imagen de país serio salir diciendo que aquí todo se coordina, pero que al final igual nos meten el gol por la horqueta.

Me recuerda una vez, hace muchos años, cuando dejé estacionado el carro en la calle y, al volver, vi la ventana rota. Enojado, me monté y, cuando iba a moverme, el guachi me dice que le pague. Le reclamo que cómo se le ocurría cobrarme y me responde: “Diay, no es culpa mía. Yo solo se lo estaba cuidando”. Más o menos lo mismo que ahora, solo que en otro contexto.

La verdad es que nos agarraron asando elotes en un tema de importancia capital: la penetración del narco en nuestro aparato exportador. Y, por cierto, nunca es edificante asistir a un pleito de patio.

El autor es sociólogo.