Jorge Vargas Cullell. 26 diciembre, 2018

Alguna vez me gustaría escribir una columna que no me costara redactar. Sería genial. Imagino la situación así: el pelo para atrás, vista en el horizonte y la mano que garabatea verbos, sola, sin parar, hasta dejarla lista en dos toques. Y la siguiente igual. ¡Qué pedazo de regalo de Navidad sería tener un talento de esos! Este columnista se convertiría en un crac.

Hoy por hoy ni procuran disimular que solo le queda el recurso de la violencia homicida para sobrevivir amarrados al poder

El problema es que si uno no es Corín Tellado, la escritora aquella que escribía una novela del corazón al día, el resultado de un escrito rápido sería probablemente una columna fácil. Y las cosas fáciles son, a menudo, inapropiadas. Tan fuera de lugar como el saludo prefabricado ese que muchos usan para todo, hasta en un funeral cuando se topan con un deudo y le preguntan: “¿Todo bien?”. Sí, g…, todo bien.

Con todo, a pocos importa que, por escribir rápido, un columnista caiga en temas socorridos como filosofar sobre el amor de madre si es el Día de la Madre. Triste, pero cierto: si un columnista cae en esos barriales no es más que otro juntaletras sin pena ni gloria.

El problema surge cuando todo un gobierno se vuelve un cliché, un estereotipo gastado y de mal gusto, de esos que causan hartazgo y repulsa. Creo que la dictadura de la pareja real Ortega-Murillo en Nicaragua calza con esa descripción. Hoy por hoy ni procuran disimular que solo le queda el recurso de la violencia homicida para sobrevivir amarrados al poder.

Sobreviven, pues, desvergonzadamente: matan, encarcelan, desaparecen personas y luego de cada crimen dicen lo mismo: “Son golpistas que conspiran contra la revolución”. Pero ¿cuál revolución si lo que hay ahí es un asalto a mano armada de la riqueza nacional por un grupo mafioso que usa el Estado como si fuera su finca particular?

La semana pasada los esbirros orteguistas entraron a patadas a dos medios independientes de comunicación, los ocuparon y saquearon y, otra vez, las víctimas fueron acosadas y acusadas de delinquir. Para eso el régimen tiene la Policía, jueces cipayos y un aparato de propaganda que constantemente procura crear una realidad paralela.

Me quedo corto, sin embargo, en calificar a la dictadura de Ortega en un cliché. Lo es (otro autoritario más en la triste historia de ese país), pero, al mismo tiempo, es más que eso: es una tragedia contemporánea y un factor que puede desestabilizar al conjunto de Centroamérica. Difícil decir “feliz Navidad” cuando un pueblo querido sufre.