Jorge Vargas Cullell. 18 marzo

No termina de sorprenderme cómo, en estos tiempos extraordinarios, lo mejor y lo peor de la condición humana se retratan y calan los ritmos de una vida social que anda “patas para arriba”.

Ser responsable: acatar instrucciones, estar atento a necesidades ajenas, no agitar el miedo y, sí, estar dispuesto a asumir sacrificios.

El contraste no puede ser más marcado. Está el heroísmo callado de los trabajadores de la salud que en todas partes del mundo lidian incansablemente con la pandemia, los pequeños actos de amor de quienes ayudan a la población en riesgo, los empleadores que protegen a sus empleados, incluso asumiendo un golpe económico. Y, así, podría continuar por buen rato: creo que todos hemos sido testigos de esa bondad que no conoce escalas sociales y es siempre la base de la esperanza para soñar con mundos más fraternos.

Pero también aparecen los antagonistas: los buchones que acaparan para sí productos de primera necesidad, sabiendo que producirán desabastecimiento; quienes afilan colmillos para especular o los ‘porta’mí que siguen abarrotando lugares públicos; los plateros que desafían a las autoridades sanitarias y mantienen sus negocios de bote en bote; los desalmados que tratan mal a los vulnerables, solo porque están sanos o creen que su plata les compra inmunidad. La fila de crápulas es larga como el horizonte.

En estos tiempos, es cuando vemos la madera de la cual estamos hechos. Mueren las palabras y medimos la estatura de cada quien, no solo entre la gente de a pie, sino, especialmente, entre los gobernantes. Están los que con sabiduría y previsión han dirigido paso a paso a sus países (me impresionan los líderes de Singapur, Corea y Taiwán); y, también, los irresponsables que, primero negacionistas y luego erráticos, han propiciado el miedo y la división. Entre esos extremos, hay cantidad de grises.

¡Cómo me gustaría que esta disrupción social fuese corta! Una especie de suspensión de ritmos no más larga que un par de semanas. Desafortunadamente, sé poco o nada, excepto que el golpe de la pandemia será brutal y sus secuelas producirán dolor y hambre en el mundo.

Y, entonces, ante tanta incertidumbre, mi pregunta ha sido: ¿Qué debo hacer siendo, como soy, una pequeña partícula? Lo menos, ser responsable: acatar instrucciones, estar atento a necesidades ajenas, no agitar el miedo y, sí, estar dispuesto a asumir sacrificios. ¿Qué espero? De mi gobierno, ciencia y liderazgo; de mis compatriotas, decencia.

El autor es sociólogo.