Jorge Vargas Cullell. 17 abril

Jueves Santo y la ciudad está vacía, o, mejor dicho, en un estado de recogimiento, por los que se fueron y por los que descansan en sus casas. Distinta es, por supuesto, la ciudad para quienes no trabajar es no comer, cerca de 300.000 personas. Un día como hoy deja al desnudo esta vergüenza: cuando “nadie trabaja”, los invisibles dejan de serlo por el solo hecho de tener que pulsearla en medio del marasmo.

Jueves Santo, muy santo para los fieles: un tiempo que da a la Iglesia católica un aún mayor protagonismo en la vida de un país culturalmente anclado en el catolicismo, un dato que el ascenso de los evangélicos cristianos todavía no modifica. Sin embargo, es precisamente este dato, en un Jueves Santo, el que me permite decir que estos son tiempos francamente malos para la Iglesia, en especial, para su jerarquía.

Sé que el fenómeno es mundial. En las últimas décadas, la Iglesia católica cedió terreno frente al creciente laicismo en Europa y frente a la irrupción evangélica en las Américas. El estallido de los escándalos de pederastia, la complicidad y el intento por encubrirlos aceleró el declive, aunque no creo que sea la razón de su ocaso en los territorios donde campeaba hace poco.

En Costa Rica, la situación tiene inevitables matices locales. Aquí, también, la Iglesia ha perdido prestigio; ha estado envuelta en denuncias de pederastia, aunque no con la fuerza como en Irlanda o Estados Unidos; y hay sacerdotes que rabiaban contra el homosexualismo, siendo ellos de esa orientación sexual.

Pero quizá lo que más ha alienado a la Iglesia local de amplios segmentos de la sociedad, son dos graves errores. Primero, haber abandonado el trabajo pastoral en muchas comunidades pobres, cediendo zonas enteras a los competidores de la fe: el pecado del aburguesamiento. Por otra, haberse convertido en abanderada de una agenda conservadora en materia de derechos reproductivos, sin abrir puentes de diálogo, la enfrenta a sectores jóvenes e intelectuales urbanos cada vez más numerosos: el pecado de la soberbia.

No soy quién para dar consejos a una institución milenaria, ni me lo han pedido. Sí quisiera decir que un mayor deterioro de la Iglesia no son buenas noticias: dejarían un vacío social. Pero, señores obispos, seguir en lo mismo, enrocados en su ensimismamiento, no hará sino profundizar su crisis.

El autor es sociólogo.