Jorge Vargas Cullell. 22 julio

Uso mascarilla en lugares públicos. Y careta. Me veo en las ventanas y parezco un extraterrestre, pero, ¡diay!, es el tiempo que me toca vivir. Confieso, eso sí, que me ha costado la disciplina de ponérmelas y quitármelas bien, y en más de una ocasión estornudé dentro y fatal.

Empleo ese equipo para cuidarme y cuidar a las personas a quienes más quiero, y a las que no conozco. Es un mínimo de fraternidad social. Por ello, apoyo las campañas para ayudar a personas sin recursos a tener sus mascarillas. Ayudemos y ayudémonos.

Siempre están los “‘porta mí”, que se pasan por el trasero el distanciamiento social y la restricción vehicular: “¡Poneme el parte!”, me dijo un gatazo cuando le hice ver su infracción. Luego, suenan como saco de cachos y entonces, ahí sí, claman la ayuda que nunca quisieron dar: en las buenas, arrebato, y en las malas, pido.

Lo de las mascarillas es un comportamiento en el plano individual, con claras consecuencias colectivas. Empero, si una parte de la población se pone rejega, no hay modo de que la autoridad pública se imponga, pues dependemos de la cooperación entre todos.

Hay, sin embargo, otro tipo de protección, esta vez en el plano social, que resulta imperativa. Ahora, cuando la situación muerde, hay crispación, cansancio y emergen los cálculos electorales, ¿seremos capaces de llegar a un acuerdo político inmediato, que impida el desbarranque económico que significa una suspensión de pagos (default) por parte del gobierno? El presidente del Banco Central dice que ello tendrá graves efectos a corto y largo plazo.

Llueven propuestas sobre lo que debe hacerse y duras críticas contra el gobierno y los grupos “del otro lado de la acera”. Escoja usted la suya. Huelo mucha disposición a arrearnos por el hocico, a exigir y descalificar, y menos disposición a construir.

Hago una notable excepción, por su tono y fondo: la carta abierta a los poderes Ejecutivo y Legislativo firmada por decenas de personas. Ahí, hay una invitación que puede dar paso a un diálogo duro, pero respetuoso, con otros sectores.

No importan los mates que hagamos, el tema de fondo es que requerimos un acuerdo de derecho de giro con el FMI para evitar el default. ¿Encontraremos una solución de compromiso, heterodoxa, sobre la distribución del ajuste que implicará? La ruta es estrecha, pero mientras haya vida, hay esperanza. Protejámonos.

El autor es sociólogo.